Algunos
hemos perdido, gracias a Dios y a Buñuel por la feliz ocurrencia, la fe, que
es lo peor que hay: y esta pérdida ha sido, paradójicamente, una
auténtica ganancia, nuestro mejor negocio.
Me gustaría poder decir y escribir que la fe va perdiendo terreno día a día en las vidas de las personas, que nadie cree ya en nada, pero no es verdad, desgraciadamente.
Me gustaría poder decir y escribir que la fe va perdiendo terreno día a día en las vidas de las personas, que nadie cree ya en nada, pero no es verdad, desgraciadamente.
Es
cierto que la mayoría de la gente no cree ya en Dios, que es un
fantasma monoteista del pasado, pero eso no significa que no crea en
ninguna otra cosa, sino que ha sustituido una creencia obsoleta, una fantasmagoría, por
otras más modernas y no menos perniciosas.
La mayoría democrática de la gente cree, por ejemplo, en la economía, que es la cara verdadera y dura de la política, y en el dinero o Becerro de Oro, que es la nueva epifanía del viejo dios de Israel, o en la importancia del individuo y la real gana de su voluntad personal o voto (y lo llaman libertad y no lo es) o en el sufragio universal y en la democracia o en cualquier otra superchería.
La mayoría democrática de la gente cree, por ejemplo, en la economía, que es la cara verdadera y dura de la política, y en el dinero o Becerro de Oro, que es la nueva epifanía del viejo dios de Israel, o en la importancia del individuo y la real gana de su voluntad personal o voto (y lo llaman libertad y no lo es) o en el sufragio universal y en la democracia o en cualquier otra superchería.
Dicen
que la fe puede mover montañas, pero yo digo, humildemente, que es
mejor que las montañas estén quietas, inmóviles donde están, que no se muevan y produzcan un terremoto.
Yo,
que no soy como la mayoría de la gente, que no sigo la corriente, he
perdido la fe en todas y cada una de las cosas, descreído como soy. Y
estoy contento de que así sea. Amén. Deo gratias (y a Buñuel, que dijo
que era ateo gracias a Dios).
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