lunes, 23 de diciembre de 2013

Del trabajo sexual



Estoy contra la reforma laboral, porque estoy contra el mercado del trabajo. Sencillamente. Ni más ni menos. No porque esta reforma laboral que nos impone el Gobierno y que no es ni justa ni necesaria me guste menos que lo que había antes o que otra, sino porque lo que no me gusta es la moderna esclavitud que es el trabajo asalariado, cada vez peor remunerado, cada vez en condiciones más precarias y peores, cada vez más esclavo, cada vez más falso porque se pretende liberador: Arbeit macht frei, que ponía a la entrada del campo de exterminio nazionalsozialista: el trabajo te hace libre.  Mentira. El trabajo no libera porque ni Dios nos libra del trabajo, al que nos condenó: ganarás el pan con el sudor de tu frente.  El trabajo no dignifica porque no hay trabajo digno: el trabajo envilece o, mejor dicho, emputece porque su auténtica cara, la cara verdadera de la moneda es el vil metal del dinero por el que nos prostituimos como putas detrás de los rastrojos.

Un sindicato obrero cuyo nombre no voy a citar manifiesta que su deseo primordial es que las relaciones entre los seres humanos no se vean sometidas a intercambios comerciales de ningún tipo, lo que me parece muy loable. Sus pretensiones, por lo tanto, son liberar a la clase obrera de la servidumbre laboral del trabajo asalariado, lo que no deja de ser  también muy encomiable. Dicho sindicato se declara, por consiguiente, contrario a la existencia de lo que denominan el trabajo sexual (sic), o sea, el oficio más viejo del mundo: la venta del sexo de las mujeres  (o de su sucedáneo vicario, el trasero de los efebos) al falo de  los varones, y viceversa ahora que las féminas han adquirido valor adquisitivo al igualarse a los hombres y ponerse los pantalones, pasando de ser mercancía a ser también dinero.

Afirma el referido sindicato que le gustaría que desaparecieran las relaciones de trabajo sometidas a las leyes del mercado capitalista para dar paso a la libre autoorganización y la autogestión.

Pero mientras tanto, aquí viene el "pero", mientras tanto aboga por la legalización del  oficio más viejo del mundo. Mientras tanto.  El trabajo sexual, pontifican, debe situarse en el mismo plano que el resto de las actividades laborales capitalistas, por lo que es preciso reconocerlo y regularlo mediante leyes. El sindicato lo hace refiriéndose a la prostitución con el eufemismo de “trabajo sexual”, curiosa denominación que legitima sin querer la prostitución. Aboga el sindicato por el reconocimiento de los derechos laborales de las personas trabajadoras del sexo o prostituto/as, como única forma efectiva para evitar la explotación. No se dan cuenta de que lo que están haciendo es legitimar la prostitución de hecho.

Pedir el reconocimiento de lo/as trabajadore/as del sexo que realizan sus  menesteres voluntariamente no quiere decir que aceptemos –aseguran- la trata de personas, sino todo lo contrario, queremos que sea perseguida, pero, mientras tanto, mientras no desaparezca la esclavitud, queremos mejorar las condiciones de vida de los esclavos. No quieren ver que la mejora de dichas condiciones, en lugar de servir a la abolición de la esclavitud, lo que hace es todo lo contrario: justificarla, fortalecerla. 

No tiene empacho, por consiguiente, el  mentado sindicato cuyo nombre no cito en reconocer y dar por buena la sentencia dictada en 2001 por el Tribunal de Justicia de Luxemburgo, -pero ni en Luxemburgo ni en ningún otro sitio hay justicia- donde se afirma que la prostitución es una actividad económica legítima como cualquier otra. Es decir, que el trabajo sexual es una actividad laboral y requiere el reconocimiento de los mismos derechos que otros trabajos, con acceso a los servicios cubiertos por el sistema de protección social general y a la sanidad pública.

Le faltó al Tribunal de Justicia de Luxemburgo decirlo del revés -para enderezar algo que nos viene dado enrevesado-  y reconocer también que cualquier actividad laboral es un acto de prostitución, y que, por lo tanto, todos los trabajadores somos unas putas redomadas en el sentido de que desempeñamos una actividad sea intelectual o manual o sexual o del tipo que sea por dinero.

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