Narciso amaba tanto
la soledad que no
soportaba la compañía
ni de su propia sombra.
Se sabía diferente y
era muy sensible.
Son muchos los muchachos, muchas las doncellas
Son muchos los muchachos, muchas las doncellas
que se enamoraron del
efebo y que se vieron
despreciados, tanta
era su insolencia y tanta
la belleza insultante
de su juventud,
hasta que un día vio
una imagen, cara de ángel,
en el espejo claro de
una fuente clara,
a donde había ido él
a apagar su sed.
Se enamoró el arisco
mozo de la imagen
que no se fatigaba
nunca de admirar
embelesado: fue a
abrazarla y a besar
los frescos labios de
la fresca boca abierta,
y se desvaneció la
imagen en el agua.
Al poco tiempo se
perfiló otra vez su sueño
y la pasión de apoderarse de la belleza
y la pasión de apoderarse de la belleza
ambigua, andrógina.
No sabía si era efebo
como él o acaso una
ninfa como aquella
chalada de Eco que
repetía sus últimas
palabras y que lo
acosaba constantemente.
No identifica aquél
su imagen en el espejo
del agua clara de la
fuente reflejada
pues no se había aún
Narciso nunca visto
y no se conocía ni
reconocía.
Cree que es otro, un
ser extraño, el ser amado,
la encarnación de la
belleza más perfecta.
Y se le antoja
poseerla por un momento,
y se arroja al agua
clara de la fuente en pos
de la belleza
fugitiva e inasible
de aquel extraño ser,
de aquel desconocido
que nunca había visto
y que habitaba allí,
en la fontana donde
no sació su sed
de amor y halló el
orgasmo al fin de su propia muerte.
Allí por donde se
salió del mundo el joven,
nació una flor
amarilla y blanca, muy hermosa,
a la orilla de la
clara fuente cristalina,
que lleva el nombre
de recuerdo del muchacho.
Y dicen que es el
alma misma de Narciso
ensimismada y
arrobada contemplando
en el reflejo del espejo
de las linfas
el espectáculo
absoluto de su belleza.
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