domingo, 8 de diciembre de 2013

Narciso y la fuente



Narciso amaba tanto la soledad que no
soportaba la compañía ni de su propia sombra.
Se sabía diferente y era muy sensible.
Son muchos los muchachos, muchas las doncellas
que se enamoraron del efebo y que se vieron
despreciados, tanta era su insolencia y tanta
la belleza insultante de su juventud,
hasta que un día vio una imagen, cara de ángel,
en el espejo claro de una fuente clara,
a donde había ido él a apagar su sed.
Se enamoró el arisco mozo de la imagen
que no se fatigaba nunca de admirar
embelesado: fue a abrazarla y a besar
los frescos labios de la fresca boca abierta,
y se desvaneció la imagen en el agua.
Al poco tiempo se perfiló otra vez su sueño
y  la pasión de apoderarse de la belleza
ambigua, andrógina. No sabía si era efebo
como él o acaso una ninfa como aquella
chalada de Eco que repetía sus últimas
palabras y que lo acosaba constantemente.
No identifica aquél su imagen en el espejo
del agua clara de la fuente reflejada
pues no se había aún Narciso nunca visto
y no se conocía ni reconocía.
Cree que es otro, un ser extraño, el ser amado,
la encarnación de la belleza más perfecta.
Y se le antoja poseerla por un momento,
y se arroja al agua clara de la fuente en pos
de la belleza fugitiva e inasible
de aquel extraño ser, de aquel desconocido
que nunca había visto y que habitaba allí,
en la fontana donde no sació su sed
de amor y halló el orgasmo al fin de su propia muerte.
Allí por donde se salió del mundo el joven,
nació una flor amarilla y blanca, muy hermosa,
a la orilla de la clara fuente cristalina,
que lleva el nombre de recuerdo del muchacho.
Y dicen que es el alma misma de Narciso
ensimismada y arrobada contemplando
en el reflejo del espejo de las linfas
el espectáculo absoluto de su belleza.

No hay comentarios:

Publicar un comentario