sábado, 14 de diciembre de 2013

Contra la pareja

Si tuviéramos que establecer los tres pilares sobre los que está construida la sociedad patriarcal en la que vivimos, diríamos que son el machismo, la homofobia y la pareja, o sea, dicho a lo culto, la monogamia. 

Y es cierto que homofobia y machismo gozan de mala prensa, pero no sucede lo mismo con la monogamia, que casi  nadie cuestiona.

Monogamia es voz culta y griega que significa, como se sabe, "único matrimonio o emparejamiento". Según un diccionario que consulto de la Casa Editorial Ramón Sopena, monogamia es el "Régimen familiar que prohíbe la pluralidad de esposas, y es la salvaguardia (sic) de la mujer y por consiguiente la del hombre". Más que una definición es una declaración de fe y de principios.

Se exalta la monogamia como símbolo de fidelidad, sin percatarse uno de que la fidelidad a una única persona a lo largo de toda una vida, fomentada por el ideal romántico del amor, un ideal que no responde al sentimiento, supone una traición de lesa humanidad a todas las demás personas. Si eres fiel a una persona es porque estás traicionando a todas las demás.

Llevamos toda la vida consumiendo productos culturales de una mitología que profesa una clara apología de la monogamia y de la pareja, desde los cuentos y dibujos animados infantiles hasta el cine de autor más underground y algunos productos supuestamente contraculturales. Llamamos final feliz, de hecho, al relato que concluye en boda, o al menos en beso de pareja: happy end. Este final feliz es falso, no es un final, sino un comienzo de otra relación: la declaración del amor se convierte en la institucionalización monogámica de la pareja.

Por otra parte, las alternativas conocidas no son especialmente atractivas: en la juventud se está imponiendo un nuevo modelo basado en el consumo de sexo a ultranza.  En este nuevo panorama, las relaciones afectivo-sexuales se convierten en productos de consumo de usar y tirar: no queremos complicaciones sentimentales: sólo sexo. No hay nada malo en ello, ojo, pero tampoco nada bueno.

Los que quieren huir de la presión monógama vitalicia “hasta que la muerte nos separe”, optan por la cada vez más frecuente monogamia sucesiva o serial, que podríamos definir como la práctica de contraer varios matrimonios o relaciones de pareja no simultáneos, sino de manera sucesiva y más o menos continuada a lo largo de una vida, pero con una sola persona cada vez. Es la forma más extendida en occidente, especialmente a partir del momento en qué las leyes del divorcio facilitaron los trámites de ruptura matrimonial: el divorcio lejos de romper el vínculo matrimonial,  como temía la iglesia católica que se opuso a él,  vino a fortificarlo.

Lo cruel de todo esto es que cuando el yugo de la pareja nos oprime nos deshacemos del compañero, como si él tuviera la culpa, como si a él no lo oprimera también igual que a nosotros, no nos deshacemos nunca de la fe que tenemos en la pareja, y lo que hacemos es buscar un recambio, otra pareja, para que siga existiendo siempre la institución matrimonial monogámica de Adán y Eva.

Todos los efectos negativos directos y colaterales que nos produce la cultura monógama en la que vivimos son considerados problemas personales. Si tenemos problemas de esta índole, nos dicen que se debe a que carecemos de madurez emocional, o a que no hemos encontrado, todavía, repárese en la malicia de este adverbio, a la persona idónea para cimentar una sólida relación de pareja.

Prolifera por ahí una extensa variedad de libros de autoayuda y de terapias y terapeutas que intentan solucionar los problemas que sufrimos en nuestras relaciones afectivo-sexuales, pero que nunca cuestionan la base sobre la cual se sustentan, que es nuestra cultura monógama y patriarcal de raigambre judeocristiana tanto en el ámbito heterosexual tradicional como en el homosexual que se está imponiendo allá donde el matrimonio homosexual es legal.  

El amante monógamo y romántico generalmente oculta cualquier atracción que sienta por alguien, por mínima que sea, para no inquietar o herir a su media naranja. Podemos ser fieles a nuestra media naranja durante toda la vida de hecho, pero nuestra fidelidad no es sincera. ¿Cuántas veces no nos habremos acostado con ella y habremos cerrado los ojos e imaginado que estamos con otra persona?

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