sábado, 7 de diciembre de 2013

El anónimo monje budista


El lama budista, a la sazón guardián del templo, no tenía nombre propio porque, amante como era de la libertad había decidido cuando ingresó en la orden monástica, darse de baja en el Registro Civil.  Pensaba no sin razón que los nombres propios sólo servían para dominarnos, para sojuzgarnos, para aprehendernos y controlarnos, y que eran como las ideas, con las que había que acabar a toda costa.



El anónimo monje budista, que se había retirado del mundo y llevaba un hombro descubierto bajo la túnica luminosa de color naranja, mostraba la sacrosanta reliquia, venerada en varios puntos de la cristiandad, del Santo Prepucio que cubría el glande del falo de Nuestro Señor Jesucristo, quien, siguiendo la tradición judía había sido, como se sabe, circuncidado.



El bonzo imberbe se la mostraba a los incrédulos fieles que visitaban el monasterio, sorprendidos de hallar un amuleto cristiano tan alejado de Roma y de lo que los cristícolas denominaban Tierra Santa, en un templo consagrado a la veneración de Buda en el Extremo Oriente, tan cerca del país del Sol naciente y los almendros en flor.



La propia iglesia católica, apostólica y romana había acabado por derogar el culto de algunas de esas reliquias supersticiosas, como los numerosísimos clavos viejos y oxidados de la cruz de Cristo, que habrían bastado para crucificar no a uno solo, sino a unos cuantos cristos en el Gólgota, como los no menos cuantiosos trozos de madera de la cruz, o los abundantes pellejos del Santo Prepucio del Niño Jesús, como éste que mostraba el monje a los curiosos fieles de la religión atea.



Los visitantes del templo no podían adivinar que el casto monje era víctima de un ataque de priapismo agudo tan repentino como inesperado e inexplicable para él, que lo perturbaba sobremanera, y le provocaba  una descomunal erección no poco dolorosa.



El monje itifálico se había excitado sobremanera después de mostrar la reliquia del Santo Prepucio a los visitantes del templo, y, aunque te parezca mentira, querido lector,  no podía ocultar la excitación que despertaban en él las imágenes imprecisas de los espíritus súcubos e íncubos, visiones tentadoras, seductoras, pecaminosas, que le asaltaban y tentaban y se habían desprendido de las sugerentes palabras de un libro de lectura prohibida explícitamente en el monasterio al que había tenido acceso.



Una vez que se han ido los turistas, el joven lama, novicio de una religión atea como es la budista, pues Buda no es un dios monoteísta al uso como Jehová o Alá ni un ser sobrenatural, sino un hombre que alcanzó la liberación y un ejemplo para el resto de la humanidad, se masturba compulsivamente, rompiendo sus votos de castidad, y no sabe cómo ha llegado a hacer algo que no había hecho nunca hasta entonces y que no sabía hacer, liberándose, acto seguido y como consecuencia de ello, del semen largamente retenido en los calabozos de sus testículos desprovistos de vello. La copiosa emulsión ha ensuciando su pubis rasurado y manchado con dos gruesos lamparones la túnica color de azafrán.  




Se desprendió de la túnica que revelaba su pecado. Igual que se había despojado de su túnica, tenía que desprenderse ahora de todas las ideas que le habían inculcado, liquidándolas, es decir, convirtiéndolas en líquido elemento, y procurando no aprehender ninguna otra en su lugar. A menudo nos sucede a todos, en efecto, que cuando nos liberamos de una creencia enseguida adoptamos otra fe para sustituirla, y no sabemos librarnos de una sin cambiarla por otra, por lo que efectuamos un recambio.



Son pues las ideas como los tentáculos-cabezas de la legendaria Hidra de Lerna: por cada una que le cortamos le crecen dos, con lo que la solución del problema no hace más que multiplicarlo, incrementándolo. Lo mejor sería olvidarse absolutamente de todo, piensa el anónimo monje budista que se ha desnudado en cuerpo y alma.



Es entonces cuando aparece el derviche giróvago turco, que sube, resuelto y decidido, espada desenvainada en mano, las escaleras. Va, visiblemente nervioso y excitado, decidido a violar al monje budista. El lama, desnudo por completo sin su provocativa túnica color naranja que ha dejado caer al suelo y que era como su nombre propio del que se ha desprendido renunciando al bautismo, a la inscripción en el censo y al mundo, no sabe todavía lo que le espera.  Lo que tiene muy claro el fundamentalista islámico, fanático religioso como miembro que es de una religión monoteísta, es que no va a renunciar al firme propósito de su ciega fe.


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