El lama budista, a la sazón
guardián del templo, no tenía nombre propio porque, amante como era de la
libertad había decidido cuando ingresó en la orden monástica, darse de baja en
el Registro Civil. Pensaba no sin razón
que los nombres propios sólo servían para dominarnos, para sojuzgarnos, para
aprehendernos y controlarnos, y que eran como las ideas, con las que había que
acabar a toda costa.
El anónimo monje budista, que
se había retirado del mundo y llevaba un hombro descubierto bajo la túnica luminosa de color naranja,
mostraba la sacrosanta reliquia, venerada en varios puntos de la cristiandad,
del Santo Prepucio que cubría el glande del falo de Nuestro Señor Jesucristo,
quien, siguiendo la tradición judía había sido, como se sabe, circuncidado.
El bonzo imberbe se la mostraba a
los incrédulos fieles que visitaban el monasterio, sorprendidos de hallar un
amuleto cristiano tan alejado de Roma y de lo que los cristícolas denominaban
Tierra Santa, en un templo consagrado a la veneración de Buda en el Extremo
Oriente, tan cerca del país del Sol naciente y los almendros en flor.
La propia iglesia católica,
apostólica y romana había acabado por derogar el culto de algunas de esas
reliquias supersticiosas, como los numerosísimos clavos viejos y oxidados de la
cruz de Cristo, que habrían bastado para crucificar no a uno solo, sino a unos
cuantos cristos en el Gólgota, como los no menos cuantiosos trozos de madera de
la cruz, o los abundantes pellejos del Santo Prepucio del Niño Jesús, como éste
que mostraba el monje a los curiosos fieles de la religión atea.
Los visitantes del templo no podían adivinar que el casto monje era víctima de un ataque de priapismo
agudo tan repentino como inesperado e inexplicable para él, que lo perturbaba
sobremanera, y le provocaba una descomunal erección no poco dolorosa.
El monje itifálico se había excitado sobremanera después de mostrar la reliquia del
Santo Prepucio a los visitantes del templo, y, aunque te parezca mentira, querido
lector, no podía ocultar la excitación
que despertaban en él las imágenes imprecisas de los espíritus súcubos e
íncubos, visiones tentadoras, seductoras, pecaminosas, que le asaltaban y
tentaban y se habían desprendido de las sugerentes palabras de un libro de
lectura prohibida explícitamente en el monasterio al que había tenido acceso.
Una vez que se han ido los
turistas, el joven lama, novicio de una religión atea como es la budista, pues
Buda no es un dios monoteísta al uso como Jehová o Alá ni un ser sobrenatural,
sino un hombre que alcanzó la liberación y un ejemplo para el resto de la
humanidad, se masturba compulsivamente, rompiendo sus votos de castidad, y no
sabe cómo ha llegado a hacer algo que no había hecho nunca hasta entonces y que
no sabía hacer, liberándose, acto seguido y como consecuencia de ello, del
semen largamente retenido en los calabozos de sus testículos desprovistos de
vello. La copiosa emulsión ha ensuciando su pubis rasurado y manchado con dos
gruesos lamparones la túnica color de azafrán.
Se desprendió de la túnica que
revelaba su pecado. Igual que se había despojado de su túnica, tenía que
desprenderse ahora de todas las ideas que le habían inculcado, liquidándolas,
es decir, convirtiéndolas en líquido elemento, y procurando no aprehender
ninguna otra en su lugar. A menudo nos sucede a todos, en efecto, que cuando
nos liberamos de una creencia enseguida adoptamos otra fe para sustituirla, y
no sabemos librarnos de una sin cambiarla por otra, por lo que efectuamos un
recambio.
Son pues las ideas como los
tentáculos-cabezas de la legendaria Hidra de Lerna: por cada una que le
cortamos le crecen dos, con lo que la solución del problema no hace más que
multiplicarlo, incrementándolo. Lo mejor sería olvidarse absolutamente de todo,
piensa el anónimo monje budista que se ha desnudado en cuerpo y alma.
Es entonces cuando aparece el
derviche giróvago turco, que sube, resuelto y decidido, espada desenvainada en
mano, las escaleras. Va, visiblemente nervioso y excitado, decidido a violar al
monje budista. El lama, desnudo por completo sin su provocativa túnica color
naranja que ha dejado caer al suelo y que era como su nombre propio del que se
ha desprendido renunciando al bautismo, a la inscripción en el censo y al mundo, no sabe
todavía lo que le espera. Lo que tiene
muy claro el fundamentalista islámico, fanático religioso como miembro que es
de una religión monoteísta, es que no va a renunciar al firme propósito de su
ciega fe.
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