miércoles, 4 de diciembre de 2013

Amour fou



Juan, un muchacho bastante solitario e introvertido al que le había tocado un premio gordo de la lotería, había hecho un largo safari por el corazón de África para celebrarlo, cumpliendo así lo que había sido el gran sueño de toda su vida. Pasan seis meses y sus deudos y familiares comienzan a extrañarse de no verlo y a echar de menos al huraño muchacho. Algunos temen lo peor, hasta que uno de sus vecinos y amigo de la infancia logra entrar por la fuerza en su domicilio, y allí lo encuentra al pobre Juan muy desmejorado: escuálido, demacrado, pálido, tumbado sobre la cama semidesnudo, deprimido y ojeroso.

-¿Qué te pasa? ¿Estás enfermo o qué?

-No, déjame. No es nada... Si yo te contara...

-Por favor, soy tu amigo, cuéntame... Te hará bien desahogarte en un hombro amigo.

-Está bien, pero prométeme que no se lo dirás a nadie.

-No te preocupes. Seré una tumba. Lo que me digas no saldrá de esta boca, será nuestro secreto, te lo juro por Dios o por lo que más quieras, si Dios no es lo que más quieres. 

-Está bien. Resulta que estábamos en la selva de Guinea cuando me separé un momento del resto del grupo y de los exploradores para echar una meada y, de pronto, me pareció ver un movimiento entre la maleza de la jungla... ¡Ojalá no me hubiera acercado nunca! Me pareció que no era nada. Pero cuando más descuidado estaba meando, un gorila macho enorme se abalanzó sobre mí, me secuestró metiéndome entre la espesura.... Y...

-¿Y?

-Me violó, obligándome a hacer todo tipo de vejaciones y convirtiéndome a partir de entonces en su esclavo sexual, abusando de mí no una vez, sino varias veces todos los días y todas las noches hasta que satisfacía sus más bajos instintos casi siempre insatisfechos. Transcurrieron dos meses hasta que una expedición me rescató poniendo fin a mi cautiverio. 

-Bueno, hombre -le dice el amigo-, no te hagas mala sangre por ese trauma. Entiendo que estés como estás, hecho polvo, pero debes recuperarte y salir adelante. A fin de cuentas, todo ha terminado ya. Yo no voy a contárselo a nadie, como te he prometido, y el gorila afortunadamente tampoco, porque no habla.

-¡Ésa y no otra es mi mayor desgracia! ¡Ése es mi trauma! El gorila mo me habla, me ignora por completo, no me llama por teléfono y en todo este tiempo no me ha mandado ni un solo mensaje ni un triste e-mail. ¡Sólo he sido un divertimento para él, se ha aprovechado de mí haciendo conmigo todo lo que ha querido, todo, lo que se dice pronto, y ahora me ha olvidado por completo, borrándome de su vida como si fuera un cero a la izquierda! ¡No me quiere! ¡Es más: nunca me ha querido! ¡Lo que había entre nosotros era sólo sexo, puro y cochino sexo, nada más que sexo y nunca amor de verdad!

(El amor no conoce ni sexos, ni razas, ni edades, ni especies animales, desde luego, como revela este chiste zoofílico en su final, sorprendente por lo inesperado, como mandan los cánones que estudió Sigmund Freud al establecer la relación entre el chiste y la prohibición del subconsciente que levanta).


No hay comentarios:

Publicar un comentario