Juan, un muchacho bastante
solitario e introvertido al que le había tocado un premio gordo de la lotería,
había hecho un largo safari por el corazón de África para celebrarlo,
cumpliendo así lo que había sido el gran sueño de toda su vida. Pasan seis
meses y sus deudos y familiares comienzan a extrañarse de no verlo y a echar de
menos al huraño muchacho. Algunos temen lo peor, hasta que uno de sus vecinos y
amigo de la infancia logra entrar por la fuerza en su domicilio, y allí lo
encuentra al pobre Juan muy desmejorado: escuálido, demacrado, pálido, tumbado
sobre la cama semidesnudo, deprimido y ojeroso.
-¿Qué te pasa? ¿Estás enfermo o
qué?
-No, déjame. No es nada... Si yo
te contara...
-Por favor, soy tu amigo,
cuéntame... Te hará bien desahogarte en un hombro amigo.
-Está bien, pero prométeme que no
se lo dirás a nadie.
-No te preocupes. Seré una tumba.
Lo que me digas no saldrá de esta boca, será nuestro secreto, te lo juro por
Dios o por lo que más quieras, si Dios no es lo que más quieres.
-Está bien. Resulta que estábamos
en la selva de Guinea cuando me separé un
momento del resto del grupo y de los exploradores para echar una meada y, de
pronto, me pareció ver un movimiento entre la maleza de la jungla... ¡Ojalá no
me hubiera acercado nunca! Me pareció que no era nada. Pero cuando más
descuidado estaba meando, un gorila macho enorme se abalanzó sobre mí, me
secuestró metiéndome entre la espesura.... Y...
-¿Y?
-Me violó, obligándome a hacer
todo tipo de vejaciones y convirtiéndome a partir de entonces en su esclavo
sexual, abusando de mí no una vez, sino varias veces todos los días y todas las
noches hasta que satisfacía sus más bajos instintos casi siempre insatisfechos.
Transcurrieron dos meses hasta que una expedición me rescató poniendo fin a mi
cautiverio.
-Bueno, hombre -le dice el
amigo-, no te hagas mala sangre por ese
trauma. Entiendo que estés como estás, hecho polvo, pero debes recuperarte y
salir adelante. A fin de cuentas, todo ha terminado ya. Yo no voy a contárselo
a nadie, como te he prometido, y el gorila afortunadamente tampoco, porque no
habla.
-¡Ésa y no otra es mi mayor
desgracia! ¡Ése es mi trauma! El gorila mo me habla, me ignora por completo, no
me llama por teléfono y en todo este tiempo no me ha mandado ni un solo mensaje
ni un triste e-mail. ¡Sólo he sido un divertimento para él, se ha aprovechado
de mí haciendo conmigo todo lo que ha querido, todo, lo que se dice pronto, y
ahora me ha olvidado por completo, borrándome de su vida como si fuera un cero
a la izquierda! ¡No me quiere! ¡Es más: nunca me ha querido! ¡Lo que había
entre nosotros era sólo sexo, puro y cochino sexo, nada más que sexo y nunca
amor de verdad!
(El amor no conoce ni sexos, ni
razas, ni edades, ni especies animales, desde luego, como revela este chiste
zoofílico en su final, sorprendente por lo inesperado, como mandan los cánones
que estudió Sigmund Freud al establecer la relación entre el chiste y la
prohibición del subconsciente que levanta).
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