Ahora mismo estoy recayendo en ti,
sueño contigo contra mi voluntad.
Y sin quererlo, me atormentan
tus espejismos y fantasías,
idea fija e íntima, obsesión
que arraiga en las entrañas del corazón,
que me penetra largamente
hasta la médula y me posee.
Música por encima de todo
jueves, 3 de abril de 2014
sábado, 29 de marzo de 2014
Odio contra el sistema
El
odio a lo establecido que destilan estos escritos es un odio libre, es
decir, un odio liberador que en el fondo no hace más que dar rienda
suelta a un amor apasionado por la vida que subyace por debajo de
nuestra existencia, vida que el tinglado establecido hace imposible.
La vida, esa gran desconocida, ese misterio inescrutable, terra incognita, paraíso del que hemos sido expulsados en la noche de los tiempos viéndonos obligados a buscar refugio en el centro comercial más inhóspito del sistema, donde todo se compra y se vende, incluidos nosotros mismos, las personas, que acabamos así cosificados, condenados a sobrevivir malamente, por un puñado de dólares o de euros, da igual.
La vida, esa gran desconocida, ese misterio inescrutable, terra incognita, paraíso del que hemos sido expulsados en la noche de los tiempos viéndonos obligados a buscar refugio en el centro comercial más inhóspito del sistema, donde todo se compra y se vende, incluidos nosotros mismos, las personas, que acabamos así cosificados, condenados a sobrevivir malamente, por un puñado de dólares o de euros, da igual.
Odio a la Iglesia, porque las iglesias, sinagogas y
mezquitas son las prisiones de la espiritualidad, es decir, las cárceles
donde se pudre Dios, o mejor, donde se pudren los dioses.
Odio la fe, porque la fe, que por definición es ciega, es el único pilar sobre el que se levanta el entero sistema que nos sostiene y que sostenemos y que, sin ella, se viene abajo, como estamos viendo que se tambalea ahora en estos tiempos de crisis en que los políticos nos piden confianza, fe ciega en la economía, que fluya el crédito, esa nueva religión laica, y en las entidades bancarias, esos templos modernos del capitalismo, porque es verdad que la fe mueve montañas... de dinero.
Odio al bautismo porque todos los nombres son pseudónimos, todos los nombres propios son falsos.
Odio la fe, porque la fe, que por definición es ciega, es el único pilar sobre el que se levanta el entero sistema que nos sostiene y que sostenemos y que, sin ella, se viene abajo, como estamos viendo que se tambalea ahora en estos tiempos de crisis en que los políticos nos piden confianza, fe ciega en la economía, que fluya el crédito, esa nueva religión laica, y en las entidades bancarias, esos templos modernos del capitalismo, porque es verdad que la fe mueve montañas... de dinero.
Odio al bautismo porque todos los nombres son pseudónimos, todos los nombres propios son falsos.
Odio libre, en definitiva, al sistema, pero un amor infinito a las personas de carne y hueso que pululan, pululamos, subyacen, subyacemos por debajo de lo establecido, y lo hacemos libremente, es decir, con mente libre.
Tres propósitos
Sigo
en las trincheras del anonimato más recalcitrante, en la ausencia del
Nombre Propio con el que me bautizaron e incluyeron en la fosa común del
Registro Civil. Me propongo seguir permaneciendo oculto detrás de la
barricada de los nombres comunes en los que me escudo y de mi pseudónimo
o nombre artístico, como se decía antes, en el que me parapeto: Cualquiera, o sea, Nadie.
Ni éxito ni fracaso, categorías ajenas a mi código amoral. De tener que elegir, me regodeo mejor en el fango del fracaso: pues sólo bajo el fracaso de mi personalidad e identidad personales puedo vivir sin ego alguno, y, por lo tanto, sin egoísmo, y ser por fin, yo mismo, o sea, cualquiera de vosotros, es decir, nadie. El triunfo y la victoria, sin embargo, son cosa de ellos, de los que tienen la sartén por el mango, no es cosa mía ni nuestra, y no sé de qué plural hablo, por lo que no tiene ningún sentido que nuestras empresas estén condenadas al éxito ni al fracaso.
Seamos
iconoclastas: destruyamos los ídolos que producen en nosotros una
admiración religiosa que supone sometimiento, que nos imponen cánones,
modelos de conducta, pautas. Los ídolos son estrellas de la música,
políticos, actores, top-models de alto standing, o santos
revolucionarios. No cuelgues de tu pared la foto de ningún ídolo: no
idolatres. Sé iconoclasta. Destruye todas las imágenes sagradas.
miércoles, 26 de marzo de 2014
Amor, amor, amor...
Decimos que amamos a nuestra familia, aunque no la hemos elegido nosotros, pero ahí está, no falla nunca. Decimos que amamos a nuestros padres y hermanos, a nuestros hijos, si los tenemos. Pero también decimos que amamos a nuestros amigos, a nuestra pareja, que sí hemos elegido. Y ampliamos nuestro amor del círculo restringido de las personas de la familia y amigos a la gente en general y a los animales y a la naturaleza y aun a Dios… Pero en el momento en que proclamamos ese amor, estamos potenciando de un modo egoísta nuestro propio ego, es decir, la conciencia, el alma, que se apropiará de ese sentimiento reduciéndolo a la ceniza ideológica de las palabras; y el amor, que es incompatible con el ego, deja de ser amor.
Yo digo: "Sí, quiero". Y en el mismo acto solemne de decirlo, el amor se desvanece, ipso facto, como cortina de humo por obra y gracia del sacramento del matrimonio. La declaración de mi amor destruye el amor que proclama, como si fuera una declaración de guerra, negándolo y borrándolo de la faz de la Tierra. Por eso no debe decirse “Hasta que la muerte nos separe”, sino “Hasta que el matrimonio en cualquiera de sus formas sagradas o profanas, burocráticas o sin papeles, nos separe”.
Lo que llamamos amor no es más que la explosión de la bomba de nuestro egoísmo. Porque cuando hay verdadero amor, no hay "ego" que valga, desaparece por arte de magia: ni tú ni yo. El amor verdadero no es ni tuyo ni mío, sino de nadie, libre como el viento.
lunes, 24 de marzo de 2014
Reivindicación del amor libre
- Amor libre de cadenas y compromisos.
-Amor libre de condicionamientos y de conveniencias.
-Amor libre de la castración judeocristiana y del sentimiento de culpabilidad.
-Amor libre de las ideas previas y los prejuicios que tenemos del amor.
-Amor libre de los malditos celos personales y posesivos.
-Amor libre de recuerdos de las heridas de otros amores y desamores que hemos tenido y padecido a lo largo de nuestra biografía.
-Amor libre de cualquier forma de institucionalización del amor, como la
pareja del noviazgo o del matrimonio, que son las tumbas donde se pudren
los amores.
-Amor libre de los convencionalismos y de la respetabilísima moral burguesa.
-Amor libre de la condena al tiempo cronometrado del reloj y el calendario.
-Amor libre de los proyectos de futuro, programaciones y planes.
-Amor libre de conservantes y colorantes y demás sustancias tóxicas y cancerígenas que envenenan la esencia verdadera del amor.
sábado, 22 de marzo de 2014
El sentido de la vida
-¿Dónde está la felicidad?
-Allí donde menos te imaginas y te la esperas.
-¿Cómo se encuentra la felicidad?
-Dejando de buscarla.
-¿Dónde y cuando se la puede encontrar uno?
-Aquí y ahora mismo, por ejemplo, si y sólo si uno deja de
buscarla. Esa es la única condición.
-¿Tiene sentido la vida?
-Desgraciadamente, suele tenerlo. Sería mejor que no lo
tuviera, porque eso significaría que tiene un fin en sí misma, que es valiosa de
por sí, y no en función del sentido que queramos conferirle, porque lo
importante no es la meta, sino el camino; lo que de verdad cuenta no es la
llegada, sino el viaje; cualquier finalidad que le impongamos no deja de ser
una definición, una muerte.
Hay, no obstante, un sentido muy importante, a mi modo de ver: ni la vista, ni el oído, ni el olfato, ni el tacto ni el gusto. Sólo importa el sentido del humor, la capacidad de reírse de uno mismo, en primer lugar, y de todo(s) lo(s) demás en segunda instancia.
jueves, 20 de marzo de 2014
Fugaz muchacho
Fugaz muchacho, adolescente solitario
y arisco, acaso melancólico y rebelde,
sentado en el andén de la estación, te miro
y ni siquiera te percatas tú de mí,
que te devoro con los ojos y codicia,
absorto en la insolencia de tu juventud,
y fumas un pitillo que poco a poco -sabes-
te está matando, y no te importa: tienes tanto
todavía por delante que la muerte no
te acobarda, y además la vida ¿quién la vio?
De pronto te levantas, llega el tren, tu tren.
Te vas, y sigo yo sentado y esperando
el mío, un tren que no ha llegado todavía.
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