La prenda olvidada en el armario
a la que me aferro porque reconozco en ella el olor corporal y espiritual, el
aroma personal e intransferible, único en definitiva, de la persona a la que
quiero, impregnada como está de su fragancia inconfundible.
No hace falta que vengan
investigadores y científicos a decirme que la estela personal y genética,
diríamos, de las características olfativas de cada uno permanece, a modo
de nota musical de un tema de una melodía que no puedes olvidar, estribillo que
se repite inalterable, que es y no es el mismo, paradójicamente, a pesar de las
variaciones circunstanciales que introducen elementos externos que inciden en
nuestro aroma como el ambiente y la dieta.
El olor es el rastro animal
reconocible de cada individuo, que detecto a través del olfato como si fuera un
sabueso siguiendo el husmo de la vulva ardiente de una perra en celo, que es tu
fragancia más íntima.
De nuestros cinco sentidos, el
oído y la vista parecen los más sublimes y espirituales, ligados como
están a actividades nobles como las artes plásticas -¿no has visto nunca el ojo
de Dios que todo lo ve?- y musicales –recuerda el poder de la lira de Orfeo,
que amansaba a fieras y llegaba a conmover a los sordos árboles y
peñascales-, mientras que el gusto, el tacto y el olfato parecen
más sórdidos y plebeyos, porque nos acercan más a la carnalidad primitiva del
cuerpo, a nuestra animalidad.
La boca, la nariz y la piel, no
sólo la yema de los dedos, son sentidos más groseros, están en contacto con
realidades más mundanas e inmundas: mucosas, olores y sabores no siempre
agradables, secreciones varias, y se asocian a actividades placenteras
más ordinarias como beber, comer, palpar en la oscuridad, olisquear, acariciar,
defecar, husmear, follar...
Quizá lo nuestro fue amor a
primera vista, no lo sé ¿No sería acaso amor a primera olida o al primer
olfato? ¿No sucumbí ante tus encantos cuando percibí la esencia de tus
feromonas, la fragancia que venida por el aire – per fumum, a través del humo,
como el incienso de los ritos religiosos- me llevó, a través de tu
rastro, a la geografía de tu cuerpo, a la anatomía de tu alma?
¿Cómo describir ese aroma? No hay
palabras: vienen a mí vestigios primitivos y animales de orina con la que el
tigre demarca su territorio, fragancia de aire fresco que entra en un cuarto
cerrado, el vaho táctil de tu piel desnuda y sensitiva, recorrida
interminablemente por las caricias de las yemas de mis dedos, restos de heces
agridulces en la punta de mi lengua y en las papilas gustativas, efluvios de
puro néctar y emanaciones de ambrosía, vaharadas de las secreciones de tus
glándulas sudoríparas, el perfume a rosas frescas de tus sobacos e ingles, la
dulce fetidez de tus pedos -inconfundibles, singulares, únicos-, las perlas de sudor
resplandeciente que me conducían inevitablemente a lo que era y sigue siendo
todavía el objeto de mi deseo, mi último destino.
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