miércoles, 11 de diciembre de 2013

Olor a ti



La prenda olvidada en el armario a la que me aferro porque reconozco en ella el olor corporal y espiritual, el aroma personal e intransferible, único en definitiva, de la persona a la que quiero, impregnada como está de su fragancia inconfundible.

No hace falta que vengan investigadores y científicos a decirme que la estela personal y genética, diríamos, de las características  olfativas de cada uno permanece, a modo de nota musical de un tema de una melodía que no puedes olvidar, estribillo que se repite inalterable, que es y no es el mismo, paradójicamente, a pesar de las variaciones circunstanciales que introducen elementos externos que inciden en nuestro aroma como el ambiente y la dieta.

El olor es el rastro animal reconocible de cada individuo, que detecto a través del olfato como si fuera un sabueso siguiendo el husmo de la vulva ardiente de una perra en celo, que es tu fragancia más íntima.

De nuestros cinco sentidos, el oído y la vista parecen los más sublimes y  espirituales, ligados como están a actividades nobles como las artes plásticas -¿no has visto nunca el ojo de Dios que todo lo ve?- y musicales –recuerda el poder de la lira de Orfeo, que amansaba a fieras y llegaba a conmover a los sordos árboles y peñascales-,   mientras que el gusto, el tacto y el olfato parecen más sórdidos y plebeyos, porque nos acercan más a la carnalidad primitiva del cuerpo, a nuestra animalidad.

La boca, la nariz y la piel, no sólo la yema de los dedos, son sentidos más groseros, están en contacto con realidades más mundanas e inmundas: mucosas, olores y sabores no siempre agradables, secreciones varias, y  se asocian a actividades placenteras más ordinarias como beber, comer, palpar en la oscuridad, olisquear, acariciar, defecar, husmear, follar...

Quizá lo nuestro fue amor a primera vista, no lo sé ¿No sería acaso amor a primera olida o al primer olfato? ¿No sucumbí ante tus encantos cuando percibí la esencia de tus feromonas, la fragancia que venida por el aire – per fumum, a través del humo, como el incienso de los ritos religiosos-  me llevó, a través de tu rastro,  a la geografía de tu cuerpo, a la anatomía de tu alma?

¿Cómo describir ese aroma? No hay palabras: vienen a mí vestigios primitivos y animales de orina con la que el tigre demarca su territorio, fragancia de aire fresco que entra en un cuarto cerrado, el vaho táctil de tu piel desnuda y sensitiva, recorrida interminablemente por las caricias de las yemas de mis dedos, restos de heces agridulces en la punta de mi lengua y en las papilas gustativas, efluvios de puro néctar y emanaciones de ambrosía, vaharadas de las secreciones de tus glándulas sudoríparas, el perfume a rosas frescas de tus sobacos e ingles, la dulce fetidez de tus pedos -inconfundibles, singulares, únicos-, las perlas de sudor resplandeciente que me conducían inevitablemente a lo que era y sigue siendo todavía el objeto de mi deseo, mi último destino. 

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