viernes, 27 de diciembre de 2013

Mundo de locos




Vivimos en un mundo, hermano mío, donde reina desde los tiempos inmemoriales en los que ni tú ni yo todavía habíamos nacido la dinastía del sufrimiento, la vieja monarquía constitucional, y lo llaman Estado del Bienestar y de Derecho para que la evidencia del dolor pase desapercibida. 

Un ansiolítico sirve a ese fin –Lorazepán se llama, monopolio de uno de los grandes laboratorios farmacéuticos–, el psicofármaco más vendido en España, por encima de la vulgar aspirina o los analgésicos. Sin ansiolíticos como él o sin antidepresivos no podríamos dormir, levantarnos y soportarnos los unos a los otros. No podríamos aguantar lo inaguantable.

Si eres un niño problemático en el colegio, o un ama de casa en el agridulce hogar con dolores sempiternos de cabeza que el médico no sabe a qué se deben, o un trabajador que duerme poco y abusa del alcohol, no temas, amigo mío, toma psicofármacos,  piensa que el problema lo tienes tú, está en ti, y no que arraiga donde de verdad radica, que es en la escuela, la familia o en la fábrica u oficina respectivamente, y en la sociedad en definitiva.

Mundo de locos, dominado por los especialistas “psi” (psicólogos y psiquiatras, profesionales a sueldo, malditos sean los usurpadores del diván de Freud), que son los más locos de todos porque son los que nos vuelven locos. Incapaces de criar a nuestros cachorros, de aguantar el tormento del trabajo asalariado y de envejecer con dignidad, como el buen vino o los viejos amigos, necesitamos profesionales “psi”: psicopedagogos, sexólogos, psicólogos para poder sobrellevar el duelo por la falta de alguien cuando nos deje o se nos muera, neuropsiquiatras contra el mobbing y gerontopsicólogos para que nos enseñen a envejecer.

Por eso nos recetan técnicas “psi” o una pastillas con una dudosa o, por el contrario, excesiva eficacia, pues pueden ser tan poderosas que permiten tolerar situaciones intolerables anestesiándonos y adormeciendo los sentimientos que tratarían de cambiarlas contra el Poder que nos hace impotentes.

Tanto los psicólogos con sus palabras como los psiquiatras con sus pastillas nos “ayudan” a tolerar mejor el dolor vital, la angustia existencial. Ambos nos ofrecen remedios paliativos: pretenden calmar nuestro dolor, fruto de nuestra profunda insatisfacción, sin luchar contra el foco que lo produce. 

Todos los profesionales “psi” limitan sus soluciones al egoísmo de la salvación individual, al sálvese quien pueda. Te aconsejan que te recluyas en el marco personal de la intimidad de tu vida privada, son especialistas en ti, como los grandes almacenes. Te aconsejan que te aferres al carpe diem cotidiano, encerrándote en el individualismo más cerril. A ningún paciente, y pacientes somos todos porque tenemos más paciencia que el santo Job, le han aconsejado la lucha armada, es decir, la acción directa, el combate solidario contra el sistema para que habite entre nosotros el ángel libertario y destructor de los muros de los manicomios, de las cárceles, de las escuelas, de las fábricas o de los cuarteles, instituciones que limitan la vida, convirtiéndola en existencia, y sobre todas ellas de la Sagrada Familia.

La primera persona del plural (es decir, nosotros) es la única receta capaz de curarnos del individualismo que termina en una especie de narcisismo egotista y ególatra en la que cualquier contrariedad puede provocarnos una depresión que acaba en la consulta del especialista en salud mental de la seguridad social.

Mobbing, lo llaman ahora en la lengua del Imperio. Si tienes un problema de acoso laboral, vete al psicólogo no al sindicato. Si vas al sindicato no vas a conseguir nada. Allí van a decirte,  como me dijeron a mí, que el problema lo tenía yo como pieza individual dentro del complejo engranaje del que formo parte, porque era muy sensible. Y el psicólogo me escuchó como un amigo –esa es su terapia- y me consoló desahogarme con él la primera vez. Pero la segunda vez, como no podía hacer más, me mandó al psiquiatra para que me recetara píldoras ansiolíticas y/o antidepresivas. El fallo, quieren darte a entender todos, no está en el sistema que genera el mobbing, sino en el individuo personal que soy yo, porque el problema lo tengo yo porque soy demasiado sensible y tengo demasiado corazón.

-"No necesito sexo. El gobierno ya me jode a diario".Lo del gobierno es verdad, lo de que yo no necesito sexo es mentira.  Pero no es sólo el gobierno lo que me jode a diario, en el peor sentido de la palabra, que es en el de fastidiarme y hastiarme, sino la realidad, el mundo, el sistema, el orden establecido del que yo formo parte...Yo necesito sexo para olvidarme con el orgasmo siquiera momentáneamente, demasiado momentáneamente, de todo esto, incluido de mí mismo.

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