Resuena aquí la voz
también de aquel profeta,
rotunda y contundente
como una espada,
la voz dogmática de
la fe de los creyentes,
tajante: “No hay más
dios que Dios, un solo dios”
desterrando así a los
ídolos africanos muchos,
condenándolos a todos
al olvido eterno.
Y redoblan los
tambores milenarios lejos.
Una calor que no te
deja, pegajosa,
contigo va de sombra
a sombra y sol a sol.
Se despereza el
huracán del vendaval
de pronto: el viento
zarandea las acacias.
Despierta el dios del
trueno primitivo ahora
y desencadena la
tormenta en la sabana,
y llueve sobre el
África sedienta, y llueve
sobre el desierto
milenario al fin y caen
como un milagro del
cielo las benditas gotas
del líquido elemento,
como si fuera semen
sobre la madre tierra
virgen y salvaje,
germinando y
fecundándola. Refresca el agua
cuerpos sudorosos y
abrasados, pieles negras
semidesnudas, de una
gran belleza, suaves
como la seda que han
curtido soles de oro.
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