domingo, 24 de noviembre de 2013

Una postal desde Senegal



Resuena aquí la voz también de aquel profeta,
rotunda y contundente como una espada,
la voz dogmática de la fe de los creyentes,
tajante: “No hay más dios que Dios, un solo dios”
desterrando así a los ídolos africanos muchos,
condenándolos a todos al olvido eterno.
Y redoblan los tambores milenarios lejos.
Una calor que no te deja, pegajosa,
contigo va de sombra a sombra y sol a sol.
Se despereza el huracán del vendaval
de pronto: el viento zarandea las acacias.
Despierta el dios del trueno primitivo ahora
y desencadena la tormenta en la sabana,
y llueve sobre el África sedienta, y llueve
sobre el desierto milenario al fin y caen
como un milagro del cielo las benditas gotas
del líquido elemento, como si fuera semen
sobre la madre tierra virgen y salvaje,
germinando y fecundándola. Refresca el agua
cuerpos sudorosos y abrasados, pieles negras
semidesnudas, de una gran belleza, suaves
como la seda que han curtido soles de oro.

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