La vida es breve. Sólo se vive
una vez. Y casi ni eso porque la inmensa mayoría de la gente no vive ni una
sola vez siquiera, muere un buen día sin haber vivido: se limita a existir, y existir es igual que estar muerto.
Por eso es preciso, amigo mío, y urgente aprovechar el momento, este, ahora mismo, para compartir el pan de la
compañía en medio de la desolación reinante: tú estás conmigo y yo estoy
contigo, aquí y ahora. No desaprovechemos esta
ocasión, porque es la única que hay.
No me dejes por nada del mundo en este instante. No hay otro momento: este es el único momento que hay. No hay un antes ni un después. No me dejes solo a solas con mi soledad en este preciso y único momento: me moriría.
Haz conmigo lo que quieras, salvo abandonarme: poséeme, hazme completamente tuyo, sométeme al más mínimo capricho de tu voluntad: subyúgame, ponme bajo tu yugo, avasállame, domíname, esclavízame: sólo así podré ser libre.
Formemos una comuna, te propongo, no una pareja cerrada, sino una comunidad que sea foco
conspirativo, donde no sepamos ni cuántos ni quiénes somos, liberándonos de la
camisa de fuerza de nuestra propia identidad personal, de nuestra máscara
individual que es nuestro nombre propio y apellidos: tengamos amigos y amores
comunes y no propios ni exclusivos.
Proclamemos la insurrección
permanente. Fomentemos el sabotaje de los centros de trabajo y de
estudio o, más propiamente, de instrucción y reclusión de
menores y de aprendizaje e inculcación de la verdad, que es mentira, campos
todos de concentración, exterminio y dominación.
¿Nuestras pretensiones? No
pretendemos ser nada ni nadie, cosa que nos da una inmensa libertad de acción y
nos permite ser cualquier cosa que queramos. No necesitamos que nos reconozca
nadie por la calle. Hagámonos invisibles, recluyéndonos en la fosa común del
anonimato.
Rebelémonos contra los
parlamentos burgueses y la democracia, el régimen más despótico y dictatorial
que en el mundo ha sido, el más oprobioso y perfecto porque es el que más
recubre la dominación de la que somos víctimas y objeto.
Reunámonos, porque reunirse es
una necesidad para nosotros, pero no tomemos ninguna decisión, no
tracemos ningún plan, formando así una asamblea constituyente donde no tenga
ningún valor el voto individual, sino la palabra, la razón común y desmandada, sin
objetivo ninguno ni fin que conquistar, sin ningún proyecto.
El futuro es la muerte. No hay
futuro.
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