martes, 26 de noviembre de 2013

Catálogo de pequeños placeres



El sentimiento de felicidad, ya que la felicidad no existe, no reside tanto en los grandes placeres como quizá en los pequeños, más modestos y diminutos, minúsculos placeres. He aquí un pequeño catálogo de los míos:


-Pasear por el parque en otoño, pisando las hojas caídas de los árboles y estremeciéndome al hacerlo, y descubrir ardillas saltando de rama en rama, de árbol en árbol.

-Llegar de la calle a casa en invierno con un frío que te mueres y darte una duchita de agua caliente -o un baño-, y sentarte después al amor del fuego de la chimenea a acariciar al gato que ronronea.

-Madrugar y salir pronto un domingo por la mañana con la bici, coger un tren al azar, bajarse donde sea, y explorar ese lugar que no conoces y al que es poco probable que vuelvas nunca más. 

-Cuando te despiertas a las cinco de la madrugada con ganas de mear y vas al baño. El momento en que vuelves a la cama, después de haber orinado, y te metes entre las sábanas todavía calientes es mejor que un orgasmo, sobre todo si es en invierno.

-Una buena siesta en invierno, cuando anochece temprano; recién despertado, no sabes dónde estás, qué hora es, si es por la mañana o por la noche, que día es, cuánto has dormido, y tardas todavía unos minutos en averiguarlo. 

-Antiguamente, cuando fumaba, era para mi un auténtico placer tomarme después de la comida un café con el cigarrillo, un auténtico placer y más cuando no tienes prisa y la tertulia de sobremesa es interesante.

-Sentarme por las mañanas tranquilamente a desayunar, sin ninguna prisa porque no hay que ir a ningún sitio ni hay que hacer nada por obligación ese día: prepararme unas tostadas de mermelada casera, por ejemplo de kiwi o de naranja, y desayunar lentamente, hojeando las páginas del periódico para cerciorarme de que no pasa absolutamente nada en el mundo. 

-Un pequeño gran placer de alta montaña, es llegar escalando a la cima, abrazarte con tu colega y compañero de cordada y quedarte en silencio admirando la grandeza -no hay otra palabra- del paisaje.

-Quitarme las botas y andar descalzo sobre la arena de la playa, dejando que la espuma salada de las olas venga a lamerme los dedos de los pies con su inmensa mansedumbre.

-Salir de una boca del metro y sentirme, por unos instantes, completamente desubicado y perdido en la gran ciudad.

-Tomarme un té de media tarde -a ser posible uno de Ceilán, que no sea de bolsita, sino de paquete, que es preciso colar, preferiblemente no azucarado, para que tenga ese amargor tan característico y, por muy paradójico que parezca, que no lo es, tan dulce al mismo tiempo.

-Charlar con un amigo de los de verdad con el que llevas mucho tiempo sin hablar, y tener una larga, relajada y distendida conversación con él. 

-Una de esas noches de verano en la playa en la que después de haber visto anochecer, te bañas desnudo contemplando la bóveda de las estrellas. Y duermes a la luna de Valencia, hasta el momento glorioso de ver amanecer. 

-Leer un buen libro, sumergirte en una larga y envolvente novela hasta perder la noción de realidad, como me ha pasado muy pocas veces, la última con ese novelón inagotable de Roberto Bolaño que es 2666.


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