La incorporación de la
mujer al ejército español en 1989 lejos de ser un avance en la historia de la
liberación femenina y el progreso de la humanidad, como han querido ver algunos
feministas radicalmente equivocados, es un considerable retroceso porque supone
un triunfo de la militarización sobre nuestra supuesta civilización, que
fracasa así estrepitosamente.
Al principio eran una docena las
mujeres que se incorporaron voluntariamente (es decir, por la vocación del
dinero) a filas, ahora se cuentan por centenares y miles. Lo mismo sucede con
la figura de la ministra de Defensa. El hecho de que por primera vez en nuestra
historia haya una mujer al frente del Ministerio de la Guerra, que es como se
llamaba cuando se le decía al pan pan y al vino vino,
no supone ningún avance en la igualdad, sino todo lo
contrario: un gran paso atrás. No nos engañemos: El único paso hacia delante
sería la abolición del ejército y del ministerio correspondiente.
¿Qué más da que tengamos Rey
que Reina si de lo que se trata es de que no haya Monarquía?
La ilustración agresiva de una
mujer con dos pistolas era una imagen insólita hace unos años, pero hoy es
bastante habitual, dado el acceso de la mujer al estamento
armado, la columna vertebral del Estado moderno. La mujer llegó a filas
buscando el rasero igualitario, convirtiéndose en una mítica amazona o mujer guerrera. Hubiera sido mejor que no hubiera llegado
nunca, o, puestos a
soñar, que nos hubieran liberado a los hombres de las armas.
Cuando un hombre o una mujer
empuñan un arma, es la propia arma la que manda y aprieta el gatillo.
El ejército es el garante del
orden constitucional, según la vigente charta magna española. Nuestro
ordenamiento constitucional, por lo tanto, es una dictadura militar encubierta
con un ropaje parlamentario y partitocrático. La constitución no nos salva de
un golpe de Estado del estamento militar, sino que lo institucionaliza
sacralizándolo.
La soberanía reside en el
ejército, un ejército además mercenario, que no excluye a las amazonas. El poder
emana del fusil. El lema que hizo grabar Luis XIV en los cañones es bastante
significativo: ultima ratio regum:
el último argumento de los reyes, es decir, del poder establecido: las bombas
de los cañones a cañonazo limpio, nunca el pueblo, único soberano que se rebela
contra todos los regímenes que se establecen sobre él.
La crítica más constructiva es la
crítica destructiva: para poder construir algo nuevo es preciso destruir antes.
Hemos asistido a un hecho histórico sin precedentes en el mundo árabe. Teniendo
como detonante la subida de precios, y la inmolación del joven tunecino Mohamed
Bouazizi que se quemó a lo bonzo como protesta por la situación de su país, la
revolución comenzada en Tunicia se extendió por el mundo árabe como reguero de
pólvora, en contra de los gobiernos en muchas ocasiones teocráticos imperantes,
como es el caso de Egipto, donde el pueblo reclama que el soberano deje de una
vez por todas el poder, abdique del trono, y tome el camino del exilio. ¡Ojalá
-es decir, quiera Alá, o sea, Nadie- que no venga otro jeque, califa o faraón a
sustituir al amo del alto y bajo Egipto, don del Nilo!
¡Viva la revolución de los
jazmines! En algunos países árabes, como es el caso de Tunicia, los varones que
están disponibles, es decir, libres de ataduras sentimentales, llevan un ramito
de jazmín en la oreja izquierda! ¡Ojalá -es decir, quiera Alá, o sea, Nadie-
que todos los árabes pudieran llevar un ramillete de jazmín y su irresistible
aroma y la sonrisa a flor de labios, libres al fin de todo tipo de ataduras!
Un político que se considera de
izquierdas dice: “No vamos a enfrentarnos a los sindicatos”. ¿Por qué no si ellos lo único que hacen, en vez de
liberarnos de la esclavitud del trabajo, es aferrarnos más a la servidumbre
laboral? ¿No han pactado acaso que nos jubilemos dos años más tarde? ¿No nos
han condenado, pues, a dos años más de trabajos forzados? ¡Malditos sean los
sindicatos mayoritarios, subvencionados por el Estado, que nos han vendido a la
lógica implacable de los Mercados!
¡Maldita sea la democracia que, so pretexto de representar nuestra voluntad, ejerce sobre nosotros la más férrea y brutal de todas las dictaduras habidas y por haber, la más difícil de desenmascarar"
¡Maldita sea la democracia que, so pretexto de representar nuestra voluntad, ejerce sobre nosotros la más férrea y brutal de todas las dictaduras habidas y por haber, la más difícil de desenmascarar"
Este mensaje incendiario se
prenderá fuego a sí mismo una vez leído y se autodestruirá desapareciendo como
humo en el ciberespeacio. El fuego purifica incinerando todas nuestras ideas
recibidas, auténticos cadáveres.
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