Es
un buen ejercicio mental y, de alguna manera físico también, cambiar de
vez en cuando nuestra mirada sobre cualquier fenómeno, es decir,
nuestro punto de vista, nuestra óptica, nuestra perspectiva que se
pretende original y nuestra y que es lo menos original y nuestro que
tenemos. Además, no es muy razonable razonar,
valga la redundancia, en términos absolutos, como solemos hacer casi
siempre, de verdadero o falso, de sí o no, de blanco o negro,
olvidando la inmensa gama policroma e intermedia de los grises.
Pero
hay mucha gente que todavía opera bajo el idealismo racionalista del
todo o nada, blanco o negro, bueno o malo, verdadero o falso, con
etiquetas dicotómicas, maniqueas y polarizadas que nos impide percibir
la infinidad de la diversidad de matices cromáticos que hay, una
realidad demasiado rica como para reducirla a una lógica binaria de un
código de ceros y de unos. ¿Acaso podemos trazar la línea que separa a
los que son altos de quiénes no lo son? ¿O, más difícil todavía, a los que son guapos de los que no lo son?
Las
personas no somos felices o infelices, listas o tontas, tímidas o
extravertidas en absoluto, homosexuales o heterosexuales, sino que
tenemos un poco de cada, un poco de todo. Somos demasiado complejos como
para ser encorsetados. Podemos ser más o menos libres, más o menos
buenos, más o menos malos y, si afinamos un poco nuestra mirada, quizá
descubramos que incluso podemos ser un 50% veraces y un 50% mentirosos.
Pensar
de forma cartesiana precisa definiciones cerradas,
enunciados simples, blanco o negro, sí o no, categorías lógicas que
simplifican excesivamente la realidad y que, por lo tanto, la falsifican; deberíamos, por el
contrario, aceptar que nuestra visión es borrosa porque las personas y
las cosas que contemplamos lo son, porque nosotros somos borrosos, porque hay sombras y grises. Este ejercicio de cambio de punto de vista no simplifica la realidad, pero tampoco la complica,
simplemente nos ayuda a descubrir lo compleja y complicada que es de por sí.
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