sábado, 9 de noviembre de 2013

El novio del Emperador (rimas reales)


Cuando recuerdo, Antínoo,  el pasado
retorna a mí otra vez la Edad  del Oro,
garrida juventud que en ti hube amado,  
y encuentro en sus vestigios el tesoro
del sueño que perdí, por el que lloro
desconsolado todavía;   herido
palpita el corazón sin tu latido.

Después del dulce coito no hay tristeza,
sino reposo y  gozo placentero,
gratuito amor de  la naturaleza.
Desnudo en tu regazo, compañero,
Bajo tu yugo,  subyugado entero,
No soy sumiso buey, soy toro bravo
Y libre sólo porque soy tu esclavo.

Desnudo entré en tu lecho seductor,
Igual que un niño la primera vez,
Febril entre el deseo y un temor
Que trueca por rubor su palidez.
Y me iniciaste, dulce, en la embriaguez
Hincando emponzoñado un aguijón
Con que me atravesaste el corazón.



Quería yo el trofeo de un mártir cristiano.
Seduje a uno noble, bello en su insolencia,  
Joven, fanático integrista y  puritano,
 Y corrompiéndolo en su angélica inocencia,
Su casta voluptuosidad, su continencia,
Sembré en su fe mil dudas y  el espanto vivo,
Y lo inicié en el dulce coito receptivo.

 Recuerdo que mediaba el mes de agosto
 Y nos perdíamos buscando moras;
En nuestros labios fermentaba el mosto
Del negro néctar de las zarzamoras,
Matando el tiempo y  sus furtivas horas,   
Besándonos igual que dos amantes
Que sin querer se quieren, ignorantes.


En el silencio oscuro de la noche,
Ajeno a la moral convencional,
Yaciendo bocabajo, sin reproche,
Me abrí a la sensualidad carnal
Y a la concupiscencia espiritual
Dejándome arrastrar por la tortura
Del dulce empalamiento que perdura. 


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