Cuando recuerdo, Antínoo, el pasado
retorna a mí otra vez la Edad del Oro,
garrida juventud que en ti hube amado,
y encuentro en sus vestigios el tesoro
del sueño que perdí, por el que lloro
desconsolado todavía; herido
palpita el corazón sin tu latido.
Después del dulce coito no hay tristeza,
sino reposo y gozo placentero,
gratuito amor de la naturaleza.
Desnudo en tu regazo, compañero,
Bajo tu yugo, subyugado entero,
No soy sumiso buey, soy toro bravo
Y libre sólo porque soy tu esclavo.
Desnudo entré en tu lecho seductor,
Igual que un niño la primera vez,
Febril entre el deseo y un temor
Que trueca por rubor su palidez.
Y me iniciaste, dulce, en la embriaguez
Hincando emponzoñado un aguijón
Con que me atravesaste el corazón.
Quería yo el trofeo
de un mártir cristiano.
Seduje a uno noble,
bello en su insolencia,
Joven, fanático
integrista y puritano,
Y
corrompiéndolo en su angélica inocencia,
Su casta
voluptuosidad, su continencia,
Sembré en su fe mil
dudas y el espanto vivo,
Y lo inicié en el dulce coito receptivo.
Recuerdo que mediaba
el mes de agosto
Y nos perdíamos
buscando moras;
En nuestros labios
fermentaba el mosto
Del negro néctar de
las zarzamoras,
Matando el tiempo y
sus furtivas horas,
Besándonos igual que
dos amantes
Que sin querer se
quieren, ignorantes.
En el silencio oscuro de la noche,
Ajeno a la moral convencional,
Yaciendo bocabajo, sin reproche,
Me abrí a la sensualidad carnal
Y a la concupiscencia espiritual
Dejándome arrastrar por la tortura
Del dulce empalamiento que perdura.
Del dulce empalamiento que perdura.
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