Cualquiera
que conozca a algún estudiante universitario español podrá constatar
empíricamente, además de su despolitización y afición al botellón, su
desinterés intelectual y su desidia cultural.
De
hecho, puede afirmarse que los estudiantes universitarios españoles son
el grupo menos culto y con menos interés cultural de nuestra sociedad, y
eso explica que no lean la prensa escrita, a no ser que sea gratuita,
que no acudan a bibliotecas, a no ser que vayan a estudiar la víspera de un examen, ni consulten libros ajenos a las bibliografías
obligatorias o que no asistan a conferencias, conciertos,
representaciones de obras teatrales, si dichas actividades no son
recompensadas con créditos útiles para aprobar cursos y asignaturas de
sus currículos. Pobrecitos, sólo les importa aprobar, no aprender.
No
es sólo que no sepan cosas básicas, cosa de la que ellos no tienen
tanto la culpa como el sistema educativo que los ha criado y alimentado
para hacerlos unos ignorantes de tomo y lomo, que ni siquiera son
conscientes de su propia ignorancia, porque se creen que saben mucho,
sino que además no les preocupa lo más mínimo.
No
se trata tanto de ignorancia como de desinterés. Lo que llama la
atención no es comprobar que la mayoría de dichos estudiantes desconozca
el teorema de Arquímedes, por ejemplo, o ignoren si Cristo pertenece al
Nuevo o al Antiguo Testamento, como también suele pasar, sino advertir
que esos desconocimientos, esas enormes y tenebrosas lagunas donde vive
el monstruo de la ignorancia que no se reconoce a sí mismo como tal,
no representan problema alguno para ellos, que son unos necios y que,
además, no tienen la culpa de ello, pobrecitos.
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