Narciso no quería a nadie, ni a las ninfas
que suspiraban por su amor desesperadas
-huía siempre del amor de las mujeres
y del sexo como si de la peste se tratara,
ni a los padres de familia que se enamoraban
del efebo arisco que jamás se dejó querer
y que era sin embargo bello, mucho más
que las perdidamente enamoradas ninfas
y mucho más que todos los muchachos juntos.
Corría a todas horas por el bosque huyendo,
sin otra compañía que su soledad,
de las proposiciones deshonestas que unas
y otros le hacían, hasta que una vez cansado
llegó a una fuente transparente y cristalina;
tenía sed y acercó sus labios a las linfas,
y vio una imagen en el seno de las aguas
bellísima, no bella; quiso pues besarla
y hacerla suya: por primera vez Narciso
se había enamorado de alguien, pero ese
alguien, esquivo, huía de él lo mismo que él
huía de las ninfas y de los hombres hechos
y derechos que se prendaban de él y su juventud.
Quisiera entrar en ese espejo yo contigo
en cuyas aguas cristalinas te sumerges
buscando en vano una imagen propia tuya.
Quisiera ser en ese marco imaginario
la sombra de unos labios que en las alas vuelan
del deseo vivo y lujurioso y que susurran
y te acarician sobre sábanas satinadas
con una inmensa mansedumbre, y ser quisiera
las manos ciegas que te palpan y los brazos
que ciñéndote te abrazan amorosos como
tentáculos que al apresarte te liberan,
y arrullarte con la obscenidad de las palabras
que van dejando huellas casi imperceptibles,
interminablemente, en la penumbra blanca,
igual que largos, lentos y prolijos besos,
eyaculando en todos tus orificios, poros,
la luz que entra por las rendijas de la ventana,
provocando escalofríos y estremecimientos
en la anatomía de tu cuerpo y de tu alma.
en cuyas aguas cristalinas te sumerges
buscando en vano una imagen propia tuya.
Quisiera ser en ese marco imaginario
la sombra de unos labios que en las alas vuelan
del deseo vivo y lujurioso y que susurran
y te acarician sobre sábanas satinadas
con una inmensa mansedumbre, y ser quisiera
las manos ciegas que te palpan y los brazos
que ciñéndote te abrazan amorosos como
tentáculos que al apresarte te liberan,
y arrullarte con la obscenidad de las palabras
que van dejando huellas casi imperceptibles,
interminablemente, en la penumbra blanca,
igual que largos, lentos y prolijos besos,
eyaculando en todos tus orificios, poros,
la luz que entra por las rendijas de la ventana,
provocando escalofríos y estremecimientos
en la anatomía de tu cuerpo y de tu alma.
Se supo pues Narciso rechazado así.
Se masturbó y buscó en el fondo de las aguas
la bella imagen que de amor lo había herido,
el espejismo deslumbrante del reflejo
y sólo halló el orgasmo dulce de la muerte.

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