Hay
quien confunde posibilidad de elección con libertad, y se cree que
porque podamos elegir en España por ejemplo entre votar al PP o al PSOE o
entre votar demócratas o republicanos en Estados Unidos si somos
gringos, o porque podamos optar a la hora de tomar un refresco en la
barra de un bar entre Pepsicola o Cocacola, somos libres. ¡Qué
ingenuidad!
Cuando elegimos entre dos opciones como éstas que acabamos
de citar a modo de ejemplos, no hacemos más que someternos a la tiranía
de la oferta previa del mercado. Y eso no es libertad, sino sumisión.
La auténtica
libertad sería que no hubiera mercado ni oferta previa que condicionara nuestra elección sino un verdadero mar de posibilidades en el que poder
naufragar, y que, por lo tanto, nuestras opciones no dependieran de
los intereses económicos, a los que suele responder nuestra demanda,
nuestra voluntad supuestamente libre y nunca más sumisa que cuando se
plantea qué beber o qué votar en una espiral o círculo vicioso en que la
serpiente se muerde la cola y ya no sabemos si es la oferta la que genera la demanda o la demanda la que crea la oferta.
¿Por
qué tengo que beber algo? ¿Por qué tengo que votar a alguien para que me gobierne? ¿Para
demostrarme que soy lo que no soy, que soy libre? ¡Nada más falso y, a
la vez, por contradictorio que parezca, más real que eso, porque en
realidad no tengo ninguna libertad!
La auténtica libertad consistiría en que nos negáramos a
elegir entre lo uno y lo otro, entre Pepsicola o Cocacola, entre PP o
PSOE, entre demócratas o republicanos, porque no son más que dos nombres
propios de lo mismo, no dos marcas diferentes, como parecen a simple
vista, sino totalmente indiferentes.
Elegir entre un color u otro, no es
síntoma de libertad, sino de sometimiento. No tiene ninguna
importancia nuestra elección: es una trivialidad de lo más banal. La
acción de elegir aumenta la ceremonia de la confusión, porque en lugar
de mostrar así nuestra libertad, fortalecemos la voluntad individual y
personal, creando nuestro ego, ese fetiche que se convierte en nuestro carcelero, esa
fragilísima burbuja de cristal en la que vivimos, esa ilusión, falsa como todas, de libertad.
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