lunes, 28 de octubre de 2013

Libertad de elección

Hay quien confunde posibilidad de elección con libertad, y se cree que porque podamos elegir en España por ejemplo entre votar al PP o al PSOE o entre votar demócratas o republicanos en Estados Unidos si somos gringos, o porque podamos optar a la hora de tomar un refresco en la barra de un bar entre Pepsicola o Cocacola, somos libres. ¡Qué ingenuidad!


Cuando elegimos entre dos opciones como éstas que acabamos de citar a modo de ejemplos, no hacemos más que someternos a la tiranía de la oferta previa del mercado. Y eso no es libertad, sino sumisión.


La auténtica libertad sería que no hubiera mercado ni oferta previa que condicionara nuestra elección sino un verdadero mar de posibilidades en el que poder naufragar, y que, por lo tanto, nuestras opciones no dependieran de los intereses económicos, a los que suele responder nuestra demanda, nuestra voluntad supuestamente libre y nunca más sumisa que cuando se plantea qué beber o qué votar en una espiral o círculo vicioso en que la serpiente se muerde la cola y ya no sabemos si es la oferta la que genera la demanda o la demanda la que crea la oferta.


¿Por qué tengo que beber algo? ¿Por qué tengo que votar a alguien para que me gobierne? ¿Para demostrarme que soy lo que no soy, que soy libre? ¡Nada más falso y, a la vez, por contradictorio que parezca, más real que eso, porque en realidad no tengo ninguna libertad!


La auténtica libertad consistiría en que nos negáramos a elegir entre lo uno y lo otro, entre Pepsicola o Cocacola, entre PP o PSOE, entre demócratas o republicanos, porque no son más que dos nombres propios de lo mismo, no dos marcas diferentes, como parecen a simple vista, sino totalmente indiferentes.


 Elegir entre un color u otro, no es síntoma de libertad, sino de sometimiento. No tiene ninguna importancia nuestra elección: es una trivialidad de lo más banal. La acción de elegir aumenta la ceremonia de la confusión, porque en lugar de mostrar así nuestra libertad, fortalecemos la voluntad individual y personal,  creando nuestro ego, ese fetiche que se convierte en nuestro carcelero,  esa fragilísima burbuja de cristal en la que vivimos, esa ilusión, falsa como todas, de libertad.


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