viernes, 25 de octubre de 2013

Ocurrencias

(Crucifijos en las escuelas) EL Gobierno socialista de España quiso retirar los símbolos religiosos de las escuelas públicas, entiéndase el crucifijo que colgaba todavía en algunas de ellas. Y ya tuvimos polémica en marcha por una nimiedad para distraernos del problema de fondo, que era la presencia de adoctrinamiento católico, apostólico y romano en todas las escuelas públicas españolas. ¿Por qué no quitan el retrato del rey y el adoctrinamiento que supone su imagen presidiendo la clase? La imagen del rey es el moderno crucifijo laico: el jefe del estado democrático y letal preside, como antaño Herodes -un sólo pedagogo hubo- la ceremonia de asesinato de los niños en la escuela. Es verdad que la religión no es obligatoria, como lo era antes. No. Ya no hay nada obligatorio en esta España tan permisiva. Es optativa, como se dice ahora, u opcional, con anglicismo flagrante. Pero la hay. No ha dejado de haber religión. Hay profesor de Moral y Religión Católica en todos los establecimientos escolares españoles, contratado por el obispado y pagado por el Ministerio de Educación y Ciencia con el dinero de todos los contribuyentes. Y eso no lo quitan. Quieren distraernos de esa realidad con la tontería de si quito los crucifijos o los dejo como están. Que venga Dios y lo vea.


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Ni amor ni odio eternos, porque, como dice Gracián, “No se ha de querer ni aborrecer para siempre” porque los sentimientos son coyunturales, flores de un día. Es un ataque al sagrado vínculo del matrimonio y a la institución del amor eterno combatiendo su contrario, el aborrecimiento eterno.

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Los muros más difíciles de franquear son los que nos ponemos nosotros mismos. Nuestros enemigos más difíciles de vencer somos nosotros mismos. Los obstáculos más trabajosos de superar son los límites que nos trazamos nosotros mismos, muchísimo más que los que nos impone la propia naturaleza o la sociedad. Estas dos  viejas damas, solteronas recalcitrantes, que son la sociedad y la madre naturaleza, a veces no son más que excusas en que se acorazan nuestros prejuicios, es decir, nuestra personalidad forjada en la fragua de los miedos. No luchamos, por lo tanto, contra nuestras propias limitaciones porque no somos conscientes de que son nuestras y de que son limitaciones que nos hemos impuesto nosotros, por lo que preferimos achacárselas a esos dos factores externos. Pero los demás y lo demás son, en este caso, los de menos y lo de menos. No nos atrevemos a evadirnos de la cárcel porque no sabemos que vivimos en una jaula que, aunque sea de oro, sigue siendo prisión. No nos atrevemos a ser libres porque no somos conscientes de que somos esclavos, eslabones de la cadena: nuestra cárcel somos nosotros mismos.



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No hay hechos futuros -la expresión "hecho futuro" es una contradicción en sus términos: si está hecho no puede ser futuro-  ni presente, sólo hay hechos, por definición, concluidos, acabados, terminados, historia, agua pasada que no mueve molino.
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El miedo al otro, al enemigo, hace que nos parezcamos al otro que tememos y que nos teme. 
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No hago lo que me da la gana porque, sencillamente, mi propia voluntad no es lo que más quiero, sino que es la muerte de los más íntimos deseos que me asaltan. Debo reconocerlo. Además, soy consciente de que si sé lo que quiero, dejo de quererlo y desearlo.

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Desde aqúí hago una llamada desesperada a la insurreción contra la servidumbre voluntaria que nos hemos impuesto.  ¿Vas acaso a seguir tragando todo lo que te echen, haciendo de tripas corazón, y comprando todo lo que te venden ahora que están a punto de comenzar las rebajas en los centros comerciales, sucedáneos de la verdadera vida de verdad, cuyas existencias se han agotado?

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