El
SIDA ha sido la mayor contrarrevolución sexual que se ha podido
inventar y se ha inventado precisamente para eso, para condenar el amor libre. Porque, que conste y quede claro desde el principio de esta columna virtual que no pretende sostener el sistema, sino todo lo contrario, el SIDA es un invento del Gobierno.
Por
eso es la
peor arma de destrucción masiva: no sólo por los cadáveres que se ha
llevado al otro barrio, que son muchos, sino por el miedo que nos ha
inculcado a machamartillo en el cuerpo y el espíritu a los que estamos
supuestamente,
aunque es mucho suponer, vivitos y coleando todavía, amargándonos los
gozos de los que podíamos disfrutar libremente, introduciendo el maldito
preservativo, que arruina nuestras relaciones, por lo que conlleva de
responsabilidad y planificación.
Han
conseguido meter el futuro, que es la muerte, en la actividad más
gozosamente delicuescente que había, en el placentero polvo, porque te hacía olvidar todo lo
demás.
En
otro tiempo, los homosexuales eran quemados en la hoguera o reducidos en
campos de concentración y exterminio. Decían que, además, se
condenaban al infierno para toda la eternidad.
Ahora que podían holgar irresponsablemente, es decir, descuidados y tranquilos sobre todo
entre hombres (porque todo lo puede Dios, excepto hacer parir a
los hombres, por lo que no había cuidado de que ninguno se quedara embarazado), resulta que van y te meten la
responsabilidad, o sea, el sentimiento judeocristiano de culpa encima,
obligándote a hacerlo con la bendición del profiláctico, o, en caso contrario, a no hacerlo.
Las cosas no
han cambiado mucho, si bien se mira: ahora se llama SIDA, AIDS ó VIH o
HIV, igual da, al infierno, la condenación eterna y la hoguera. De lo
que se trataba entonces y ahora es de que no holgáramos libre e
irresponsablemente, porque seríamos castigados por la cólera de Dios.
Maldito sea el SIDA, maldita sea la madre que lo parió, maldito sea el
que difundió la enfermedad y el miedo a contraerla, que propagaron multiplicándolo los
medios de masificación. Maldito sea el Gobierno. Maldito el miedo, el puto miedo a la muerte, que
es lo peor que hay, que es el barro del que estamos hechos, y lo que
arruina las múltiples posibilidades de vida.
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