Critico la civilización occidental, moderna e industrial, y rechazo la
cultura, ese invento del gobierno, y la forma de vida americana
-american way of life- engendradas
e impuestas por esa civilización. Me rebelo no sólo contra las
viejas formas de dominación política y económica, sino también frente a
las formas de vida de la civilización tecnológica. Rechazo la
domesticación y propugno una vuelta a la vida salvaje más auténtica,
no porque crea en el mito rousseaniano del buen salvaje, sino porque
cada vez tengo menos creencias, cada día que pasa me desprendo de alguna
creencia, y ya no creo en el mito contemporáneo del hombre civilizado.
La cultura y
la civilización son el origen de nuestros males. No quiero volver a la
Edad de Oro primitiva, otro mito: quiero la Edad de Oro aquí y ahora.
Sin demora.
¿Qué
es la civilización? Me preguntaba yo. Es el movimiento histórico
vinculado a la aparición
de grandes imperios totalitarios o conquistadores, grandes culturas
comerciales y marítimas, grandes comunidades religiosas, demarcaciones
territoriales inmensas ocupadas por pueblos unidos por el poder y la
lengua, sobre un mapa de opresión política y social devastador.
Reconozco con Hegel que “la historia no es el lugar de la dicha”.
Por eso aspiro no a la prehistoria sino a la posthistoria, al fin de
la historia de verdad, a salir de la historia.
La libertad para mí es un anti-: antisistema, antiautoritarismo, antipatriarcado, antijerarquía, un anti- que no se acaba nunca. Hablo de mí pero ni siquiera sé si hablo desde mí mismo al cien por cien: porque una parte de mí, la de abajo, se rebela y suscribe todo lo que acabo de decir, pero otra parte de mí, la de arriba, la prosistema, la más reaccionaria y conformista, no hace más que ponerle reparos, porque desde arriba las cosas se ven de otra manera, y uno se acaba a costumbrando a todo.
La libertad para mí es un anti-: antisistema, antiautoritarismo, antipatriarcado, antijerarquía, un anti- que no se acaba nunca. Hablo de mí pero ni siquiera sé si hablo desde mí mismo al cien por cien: porque una parte de mí, la de abajo, se rebela y suscribe todo lo que acabo de decir, pero otra parte de mí, la de arriba, la prosistema, la más reaccionaria y conformista, no hace más que ponerle reparos, porque desde arriba las cosas se ven de otra manera, y uno se acaba a costumbrando a todo.
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