Acabo de descubrir, ay, lo que me temía; y te confieso que no me ha
gustado nada el descubrimiento, que tu nombre, el nombre propio con el
que te me habías dado a conocer, era un pseudónimo, un nombre falso. ¿Cómo
puedo confiar a partir de ahora en ti? Debía de haberme
percatado si no fuera porque eran un nombre y un apellido tan comunes
que me parecía que bien podías llamarte así. ¿Cuál es tu
verdadero nombre propio? ¿Vas a decírmelo ahora de verdad? ¿O vas a darme otro nombre artístico? ¿Tienes algún
nombre verdadero? Es más, ya no te pregunto por tu nombre, sino por tu
identidad: ¿Tienes una identidad verdadera que yo pueda conocer o toda
tu ontología se basa en la falsedad y realidad al mismo tiempo, es
decir, en la mentira toda de tu persona, máscara hipócrita?
No hay comentarios:
Publicar un comentario