martes, 4 de febrero de 2014

Saetas



El crimen de Adra: En Adra, provincia de Almería, se ha cometido un crimen: un hombre ha matado a su compañero sentimental, con el que estaba casado legalmente. ¿Esto es violencia machista? Que lo dictaminen los jueces, que para eso les paga el Estado, para que emitan los excrementos de sus sentencias y para que finjan impartir una justicia en un mundo como este nuestro en el que la justicia, como todos sabemos, brilla por su ausencia en los tribunales y juzgados,  porque no existe. La creencia equivocada de que el otro te pertenece en exclusiva es la cuestión por la cual hombres y mujeres llegan a maltratar o matar a su pareja: la/o maté porque era mía/o, o lo/a maté para que fuera mío/a para siempre. Esta creencia, errónea como toda creencia, puede hacer también que el agresor acabe suicidándose: es tan suyo que por eso mismo se suicida, porque es dueño de su cuerpo, y para ser más suyo todavía, tanto al menos como su víctima.

Sin esperanza ni desesperación: Hemos de desechar de una vez por todas la añoranza y la esperanza, esos dos males endémicos, el “érase una vez” de los cuentos de hadas infantiles que nos sugieren que cualquier tiempo pasado fue mejor, paraíso perdido y arcadia feliz en la noche prehistórica de los siglos de los siglos; pero hemos de desechar, además,  las chispas y fogonazos del futuro en cuyas aras se sacrifica inmolada nuestra vida, un futuro pluscuamperfecto de final supuestamente feliz en que el príncipe y la princesa se casan, como si el matrimonio fuera el summum de la felicidad y la perfección,  y comen perdices...


Celebraciones familiares: Todos y cada uno de nosotros podemos dar testimonio de lo que suponen cada vez las reuniones y celebraciones familiares, las falsas sonrisas esbozadas, las conversaciones aburridas sobre los consabidos temas de siempre, las dosis enormes de tristeza y frustración acumuladas, los apuros de ver disimular en vano a todo el mundo, ese sentimiento inevitable de que hay un cadáver ahí, sobre la mesa, hediondo y putrefacto, y todo el mundo haciendo como si no pasara nada, como si no lo viera, como si no lo oliera, como si no lo supiera, mirando hipócritamente hacia otra parte.

Perfect body: La presión que ejercen los medios de formación de masas y la publicidad sobre la importancia de tener un 'cuerpo perfecto' hace que ellas quieren ser esbeltas como maniquíes y, ellos musculosos como culturistas. Cuando decimos ellos y ellas nos referimos a niños y niñas de diez añitos, chavales preocupados excesivamente por su físico como dicen ellos (imagen, peso y sobrepeso), y nada por su psíquico (vamos a llamarlo así para contraponerlo a lo otro, aunque lo uno y lo otro no se contrapongan tanto de ordinario), lo que les lleva a estar descontentos con su cuerpo y a ser infelices y a sufrir lo indecible acomplejados por ello; jóvenes que calibran su valor como personas en función de su potencial sexual. El efecto dañino de esta sexualización general reinante recae en principio sobre la infancia, especialmente sobre las preadolescentes y adolescentes, luego sobre las mujeres jóvenes en general, que se han liberado de todas las ataduras salvo de la más perniciosa que es la de la belleza, se prolonga en la etapa adulta y se extiende a los chicos, a los hombres adultos y a toda la sociedad en general .

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