Aterrorizaron mi infancia
con el dibujo del ojo de Dios metido en un triángulo equilátero,
supongo que por aquello de la santísima trinidad lo de los tres
lados iguales. Era un ojo que decían que todo lo veía, panótpico.
No se le escapaba nada. Cuidado con lo que haces, niño. Dios te
vigila. No te toques, que Dios te ve. Ese ojo, que como cantó
Machado no es ojo porque nosotros lo veamos sino porque él nos ve,
son las cámaras de videovigilancia instaladas por doquier, que
controlan el reality show de nuestra vida cotidiana convirtiéndola
en existencia anodina y gris.
OOo
No es que no sepamos
cuándo moriremos, que no lo sabemos, es verdad; es que ni siquiera
sabemos si no estaremos todos muertos. Ya. Aquí y ahora mismo.
oOo
El mito del buen salvaje:
Del bicho primigenio hemos evolucionado hasta el bicho actual. La
civilización nos hace víctimas de ramalazos esquizofrénicos, entre
lo que somos y lo que “deberíamos ser”. Los no civilizados han
sido catalogados de salvajes, dándole un sentido peyorativo a ese
término. Yo no creo en el mito del buen salvaje, pero tampoco en el
del buen civilizado, que es su contrapunto, porque no creo en nada.
Sencillamente. Soy, o trato de ser, un descreído. Pero jamás un
salvaje ha sido tan cruel como un civilizado.
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