martes, 18 de febrero de 2014

(Re)flexiones

Aterrorizaron mi infancia con el dibujo del ojo de Dios metido en un triángulo equilátero, supongo que por aquello de la santísima trinidad lo de los tres lados iguales. Era un ojo que decían que todo lo veía, panótpico. No se le escapaba nada. Cuidado con lo que haces, niño. Dios te vigila. No te toques, que Dios te ve. Ese ojo, que como cantó Machado no es ojo porque nosotros lo veamos sino porque él nos ve, son las cámaras de videovigilancia instaladas por doquier, que controlan el reality show de nuestra vida cotidiana convirtiéndola en existencia anodina y gris. 

OOo

No es que no sepamos cuándo moriremos, que no lo sabemos, es verdad; es que ni siquiera sabemos si no estaremos todos muertos. Ya. Aquí y ahora mismo.

oOo

El mito del buen salvaje: Del bicho primigenio hemos evolucionado hasta el bicho actual. La civilización nos hace víctimas de ramalazos esquizofrénicos, entre lo que somos y lo que “deberíamos ser”. Los no civilizados han sido catalogados de salvajes, dándole un sentido peyorativo a ese término. Yo no creo en el mito del buen salvaje, pero tampoco en el del buen civilizado, que es su contrapunto, porque no creo en nada. Sencillamente. Soy, o trato de ser, un descreído. Pero jamás un salvaje ha sido tan cruel como un civilizado.

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