Síndrome del
cautiverio. Es un trastorno provocado la mayoría de las veces por una
lesión cerebrovascular, que consiste en vivir completamente paralizado, sin
capacidad para comunicarnos con el mundo exterior pero manteniendo las
funciones mentales intactas. El síndrome de cautiverio puede ser total,
incompleto o clásico -parálisis completa pero permite el movimiento vertical de
los ojos o el parpadeo. Un estudio realizado con unos cuantos pacientes revela
que la mayoría de ellos es feliz. Esta para mí curiosa enfermedad me resulta
como si fuera una especie de metáfora de la condición humana. ¿Cómo no vamos a
padecer el síndrome del cautiverio si no somos libres ninguno de nosotros?
Futuro. Los
políticos profesionales, charlatanes que venden humo, siempre nos han remitido
a una carrera sin fin, igual que la que emprende el burro detrás de la
zanahoria. Nos remiten al mañana, un mañana escurridizo e inalcanzable, con el
que ocurre lo mismo que con la tortuga de Aquiles en la célebre aporía de Zenón
de Elea, que por mucho que la persigamos nunca llegaremos a darle alcance:
cuando llegamos a donde estaba ella, ella ya no está allí. Ya parece que
tenemos la tierra prometida del futuro a tiro de piedra; pero, cuando nos
abalanzamos sobre él, para cogerlo y no dejarlo escapar, descubrimos que lo que
habíamos confundido con «el mañana» promisorio es en realidad «el hoy», un hoy
más escurridizo todavía que el mañana, un hoy que se nos escapa de las manos
como el viento, porque cuando decimos “ahora” ya no es ahora. Así de sencillas
son las cosas. Encomendarse al mañana es como hacerlo a las inexistentes
calendas griegas. Lo malo es que el reclamo del futuro feliz cuenta, como el
happy end de las películas, con la aureola eufórica del optimismo de los necios
que creen en el progreso.
Conocerse. ¿Cómo
es posible que dos personas puedan convivir toda una vida
juntas y descubran un buen día que no se conocen la una a la otra? Porque la tarea
de conocerse a uno mismo es bastante difícil e interminable, si no imposible ontológicamente hablando,
y la de conocer a otra persona no lo es menos.
Ocio. La
ociosidad es la madre de todos los vicios. ¡Qué mala prensa tiene en este mundo
nuestro el ocio, que los antiguos romanos contraponían al negocio, desde que
nos dijeron que teníamos que trabajar para ganarnos la “vida”! Y, sin embargo,
de la ociosidad es de donde pueden surgir todas las artes, placeres y
libertades. Lo que pasa es que a los Señores del Tiempo, es decir a los
fabricantes de relojes, calendarios, y agendas varias, no les gusta que vivamos
libres de su control, sin estar cumpliendo constantemente planes
preestablecidos. Quieren que planifiquemos nuestra vida, que diseñemos nuestro
futuro, que cronometremos nuestro tiempo, que trabajemos para convertir nuestra
vida en dinero, en una triste existencia que ni siquiera merece el digno nombre
de “vida”, en definitiva, en muerte. Sin embargo, sólo el que no cronometra el
tiempo ni hace planes para el futuro, el que no sabe ni en qué día ni hora
vive, puede encontrarse lo inesperado, como el que se pierde en el bosque. Eso
sí que puede ser la vida: lo que no nos esperamos, lo que no estaba previsto ni
programado, lo único que puede sorprendernos y que, al contrario de los
negocios y empresas humanas, está más allá del éxito y del fracaso.
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