sábado, 15 de febrero de 2014

Cuatro cosas literalmente



Síndrome del cautiverio. Es un trastorno provocado la mayoría de las veces por una lesión cerebrovascular, que consiste en vivir completamente paralizado, sin capacidad para comunicarnos con el mundo exterior pero manteniendo las funciones mentales intactas. El síndrome de cautiverio puede ser total, incompleto o clásico -parálisis completa pero permite el movimiento vertical de los ojos o el parpadeo. Un estudio realizado con unos cuantos pacientes revela que la mayoría de ellos es feliz. Esta para mí curiosa enfermedad me resulta como si fuera una especie de metáfora de la condición humana. ¿Cómo no vamos a padecer el síndrome del cautiverio si no somos libres ninguno de nosotros?
Futuro. Los políticos profesionales, charlatanes que venden humo, siempre nos han remitido a una carrera sin fin, igual que la que emprende el burro detrás de la zanahoria. Nos remiten al mañana, un mañana escurridizo e inalcanzable, con el que ocurre lo mismo que con la tortuga de Aquiles en la célebre aporía de Zenón de Elea, que por mucho que la persigamos nunca llegaremos a darle alcance: cuando llegamos a donde estaba ella, ella ya no está allí. Ya parece que tenemos la tierra prometida del futuro a tiro de piedra; pero, cuando nos abalanzamos sobre él, para cogerlo y no dejarlo escapar, descubrimos que lo que habíamos confundido con «el mañana» promisorio es en realidad «el hoy», un hoy más escurridizo todavía que el mañana, un hoy que se nos escapa de las manos como el viento, porque cuando decimos “ahora” ya no es ahora. Así de sencillas son las cosas. Encomendarse al mañana es como hacerlo a las inexistentes calendas griegas. Lo malo es que el reclamo del futuro feliz cuenta, como el happy end de las películas, con la aureola eufórica del optimismo de los necios que creen en el progreso.

Conocerse. ¿Cómo es posible que dos personas puedan convivir toda una vida juntas y descubran un buen día que no se conocen la una a la otra? Porque la tarea de conocerse a uno mismo es bastante difícil e interminable, si no imposible ontológicamente hablando, y la de conocer a otra persona no lo es menos.

Ocio. La ociosidad es la madre de todos los vicios. ¡Qué mala prensa tiene en este mundo nuestro el ocio, que los antiguos romanos contraponían al negocio, desde que nos dijeron que teníamos que trabajar para ganarnos la “vida”! Y, sin embargo, de la ociosidad es de donde pueden surgir todas las artes, placeres y libertades. Lo que pasa es que a los Señores del Tiempo, es decir a los fabricantes de relojes, calendarios, y agendas varias, no les gusta que vivamos libres de su control, sin estar cumpliendo constantemente planes preestablecidos. Quieren que planifiquemos nuestra vida, que diseñemos nuestro futuro, que cronometremos nuestro tiempo, que trabajemos para convertir nuestra vida en dinero, en una triste existencia que ni siquiera merece el digno nombre de “vida”, en definitiva, en muerte. Sin embargo, sólo el que no cronometra el tiempo ni hace planes para el futuro, el que no sabe ni en qué día ni hora vive, puede encontrarse lo inesperado, como el que se pierde en el bosque. Eso sí que puede ser la vida: lo que no nos esperamos, lo que no estaba previsto ni programado, lo único que puede sorprendernos y que, al contrario de los negocios y empresas humanas, está más allá del éxito y del fracaso.

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