Hay que protestar como sea, cuando sea y donde sea por la excesiva
vigilancia a la que somos sometidos por el Gran Hermano (el Gobierno del
Estado orwelliano en que se ha convertido el universo mundo) y los
Pequeños Hermanos del sector privado (las empresas en nuestro puesto de
trabajo, que no se quedan mancas). Estado y Capital, siempre de la mano,
se unen en perfecto matrimonio para mantenernos bajo perpetuo control,
monitorizados y controlados, constituyendo el Ojo de Dios que quiere
verlo todo, si no lo ve todo ya.
La aparente seguridad lograda en nuestras ciudades y pueblos que se postula a menudo para justificar medidas de vigilancia y control es más que discutible. Acumular información sobre los ciudadanos no mejora nuestra protección frente a la delincuencia ni nuestra seguridad pero nos cuesta billones de euros o dólares al año, que podrían ahorrarse en tiempos críticos como estos o invertirse en mejores y más humanitarias causas y labores, y no deja de ser un efecto placebo.
Por otra parte, el respeto a nuestra intimidad es un principio fundamental de nuestra dignidad humana, tanto en casa como en el trabajo. Una sociedad libre y abierta no puede existir sin unos espacios y comunicaciones incondicionalmente privados. Por eso hay que protestar donde sea, como sea, cuando sea, aquí y ahora mismo, por ejemplo, contra la manía de la seguridad y la excesiva (video y audio)vigilancia a la que somos sometidos por el Capital y el Estado.
Los políticos deben ver que tomamos las calles y los espacios
públicos en legítima defensa de nuestra libertad. No queremos que nos
vigilen, porque ¿quién vigila a los vigilantes? ¿quién controla a los
controladores?
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