El Premio Nobel de la Paz, como
no podía ser menos y como corresponde a su alto galardón internacional, declara
la guerra a Libia, pongamos por caso, ya que se trata de un ejemplo tomado de
la realidad.
La verdad no cabe en la realidad:
son incompatibles.
Aquí no nos dedicamos a la
construcción sino a la destrucción de lo que nos construye, de nuestro
ordenamiento constitucional, maldito sea.
Me veo y no me reconozco en el
espejo: yo no soy ese, ese no soy yo.
Tan despreciables son los
nacionalismos periféricos (catalán, gallego, vasco, etc.) para el nacionalismo
central (España) como el nacionalismo central para los periféricos. ¿Por qué?
Porque todos los nacionalismos, sean del signo que sean, son execrables. Todos
quieren tener la exclusiva, palabra que, como puede verse, procede de excluir
por lo que se emparienta con excluyente.
Reivindico desde aquí el
antinacionalismo, la única fuerza política sensata que puede cerrar
definitivamente la puerta del maldito siglo XX y abrir de verdad la del XXI.
Acabemos con la historia de las naciones y con los nacionalismos centrales y periféricos
que lo único que hacen es crear otros centralismos, nuevos centros de
concentración del poder: descentrémonos: mientras haya nacionalismos habrá
fronteras; mientras haya fronteras habrá extranjeros; mientras haya extranjeros
habrá naciones; mientras haya naciones no habrá libertad.
Best-seller. Entramos en el
hit-parade. El que más vende es el que más se vende, el más vendido. Cuanto más
arriba hayas llegado en el top-ten, mayor grado habrás alcanzado en el
escalafón de la prostitución. El number-one es el más puto y el más puteado al
mismo tiempo, o, mejor dicho, la más puta.
El trabajo asalariado es la nueva
forma de prostitución o moderna esclavitud que corresponde al neoliberalismo
avanzado que padecemos. Deseamos, por ejemplo, coches y motos que no tenemos y
nos dejamos los cuernos en un andamio que aborrecemos para comprar la mierda
-vamos a llamarlo por su nombre simbólico y real- de los medios de transporte
que necesitamos para ir a ninguna parte.
¿Política económica del Gobierno?
¿O quizá deberíamos decir mejor: economía política del Gobierno, que se somete
la doctrina de los Mercados, ese nuevo Dios todopoderoso que hace y deshace
incomprensiblemente -sus designios son inextricables- a su capricho y antojo?
Modifiquemos el “Cogito, ergo
sum” o “Pienso, luego existo” de Descartes, por un: Consumo, ergo sum: consumo,
por lo tanto, me consumo, lo que significa que existo. Dicho de otro modo:
Sufro, luego existo. El dolor te hace sentirte vivo, te hace existir, porque la
existencia es sufrimiento puro, auténtico dolor, como un diamante incandescente
en estado bruto.
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