Muy frecuentado, el autobús sesenta y cuatro
parte de la estación de Términi de Roma
y va hasta el Vaticano y vuelve, y es famoso
por los carteristas que te roban sin que te enteres,
auténticos profesionales de la rapiña,
que, astutos, hurtan la cartera a los incautos
turistas fascinados por la gran belleza
de la ciudad eterna a poco que se descuiden.
Estuve en Roma yo y tomé no pocas veces
ese autobús, y nunca me robó ninguno.
No quedan manilargos ya profesionales,
quizá no hay cacos como los que había antes,
pensé, leyenda son urbana de otros tiempos;
los que te roban hoy son otros a mano armada,
elegantes hombres de negocios y banqueros;
un chico sin embargó que montó en el bus
con aires de rufián, golfillo y sinvergüenza
me robó algo más valioso a mí que la cartera:
era un ragazzo, bello no, “bellissimo”,
más bello que cualquier mujer que se precie de ello,
que me dio la espalda, y al frenar el autobús,
repleto que iba de turistas japoneses,
monjitas con sus hábitos y un cura serio,
arrrimó sus nalgas juveniles a mi verga,
sorprendiéndome con la refriega gratamente,
y aprovechando la aglomeración de gente
el ariete se me puso sin querer en pie
de guerra, me avergüenzo de ello, la verdad
jamás me había a mí una cosa así pasado,
a mí que siempre he amado a las mujeres...
Y nada más pasó ni nada menos que esto:
Me dedicó, cautivadora, su sonrisa
de pícaro recién salido de una cinta
de Pasolini o de Visconti o de Fellini,
que rodó el Satiricón, o, acaso de la vida,
de la propia Roma y de sus calles y su historia,
David que inspira, renacido, a Miguel Ángel:
me había, sin querer, robado el corazón.
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