martes, 21 de enero de 2014

Enamorarse a los cincuenta



¿Quién iba a mí a decírmelo, que a mis cincuenta 
y  pocos años me enamoraría yo
como un chiquillo, igual que un tonto colegial,
adolescente incauto? ¿Cómo no lo he visto
asomando la cabeza al monstruo del amor,
al ciego dios Cupido, el niño hideputa
que mueve el mundo y hace que nos encaprichemos
los unos de otros -y a mí de una crïatura
angelical cuya edad triplico yo con creces-,
clavándonos sus flechas que nos hieren para
que de veras nunca nos queramos por su culpa.
por culpa del maldito amor, maldita sea
su propia estampa? Cómo pude sucumbir
en esta trampa y estas redes otra vez,
un hombre hecho ya y derecho, como Dios
ordena y manda, un adulto respetable,
con la que tengo yo experiencia de la vida
acumulada de amoríos y desengaños,
a mi edad, mis cincuenta y tantos años, Dios,
sin darme cuenta? ¿Cómo he sido tan idiota?
¿No soy acaso un patético viejo verde,
o sea un viejo que se quiere siempre joven
y no se resigna, por lo tanto, a envejecer?

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