“Dejad que los niños se acerquen a mí”
dijo el Nazareno, ese gran pederasta en el sentido más noble del
término que divide la historia en un antes y un después. Otro gran
pedófilo, condenado también a muerte por, entre otras cosas, corromper a
la juventud, fue Sócrates, el filósofo que sólo sabía que no sabía
nada.
Si desmenuzamos las palabras de origen griego “pederastia” y “pedofilia”, vemos que están compuestas ambas de un primer elemento “ped(o)-” que significa “niño” y un término “-erastia” en el primer caso, bajo el que se oculta el nombre propio de Eros, el dios Amor, entrañable e hideputa Cupido; y “-filia” en el segundo caso que significa “amistad” o “cariño”.
El amor y el cariño hacia los niños está mal visto en esta sociedad, que se apresura enseguida a matar al niño que todos llevamos dentro cuanto antes, es decir, a convertirlo en adulto, a adulterarlo, a la vez que, paralelamente, infantiliza al adulto tratándolo como si fuera siempre un menor de edad que necesita tutela y asistencia pública y benéfica de las instituciones.
No hay comentarios:
Publicar un comentario