domingo, 5 de enero de 2014

Citas de casa, casa de citas



Su Majestad. Ese señor, perteneciente a una regia dinastía, es rey porque otros señores se comportan respecto a él como sus súbditos y lacayos. Y estos creen, al revés, que son sus vasallos porque él se comporta como un rey, constitucionalmente designado por la gracia divina de Dios sabe quién.

Money, Money, Money. El dinero no sólo representa lo que podemos comprar con él, sino también lo que hemos vendido, nuestra dignidad, para conseguirlo. El dinero es el pago bien merecido de nuestra vil prostitución al vil metal del becerro de oro.

“¡Cosa maravillosa es el oro! Quien tiene oro es dueño y señor de cuanto apetece. Con oro, hasta se hacen entrar las almas en el paraíso” Esto lo escribió Cristóbal Colón, premonitoriamente, en su epístola desde Jamaica de 1503.

La muerte de Dios. Hace falta que Dios muera de verdad para que las cosas, incluidos nosotros, las personas, podamos empezar a vivir. ¡Muera Dios! ¡Abajo el dinero! ¡Vivan las cosas gratis et amore!
 
Música, maestro. Después del concierto todavía resuenan las notas musicales en mi cabeza y en el eco de mis oídos, por fin abiertos -ellos que estaban sordos e impenetrables- a la eyaculación de la belleza. 

¿Se puede vivir sin música? Yo no podría, sinceramente. Todos los días necesito mi ración cotidiana de música: clásica, moderna, triste, alegre... Lo que sea, pero música. ¿Para qué sirve la música? La música sirve para resucitar a los muertos, es decir, para resucitarnos a nosotros de la muerte que supone nuestra vida cotidiana. Sería horrible la vida sin música, sencillamente inconcebible, porque no sería vida.

La música nos abre los oídos, y, a través de ellos, la mente. Cuando oímos música, dejamos de oír los ruidos del mundo. Cuando oímos música, descubrimos que estábamos sordos, que llevábamos tapones para no oír: los oídos entaponados. La música nos devuelve el silencio primordial y paradisíaco anterior a la creación del mundo. La música nos devuelve el paraíso que nos robaron.

Del sentido de la historia: La historia de la humanidad no tiene ningún sentido, es un sinsentido, como nuestra propia vida. Ni la humanidad ni la ciencia avanzan hacia ninguna meta por ningún camino. Nosotros mismos tampoco. Por eso, sólo me interesa una clase de gente: los que nadan contracorriente. 

Dos paradojas: Hay gente retrasada que, por eso mismo, está por delante de los demás. Lo esencial es invisible a los ojos. Esta última no la he formulado yo, la proclamó Antoine de Saint Exupéry en El principito, pero yo la hago mía, porque la siento como verdadera, y la formulo de otra manera: si quieres ver, cierra los ojos.

Muriendo lentamente. Nos estamos muriendo, nosotros y las cosas, continuamente, deshaciéndonos sin cesar. Ahora mismo. Convirtiéndonos en otro, en otra cosa. La ilusión en que nos hacen vivir es un matrimonio entre la fe en el futuro y en el pasado, la historia, y el continuo pasar que está fuera de la realidad. Entenderlo es sentirlo. Quiero romper la ilusión de mí mismo, tan falsa pero tan poderosa.

Ideas del tiempo: Hay dos imaginaciones igualmente falsas del tiempo: la cíclica y la lineal: la cíclica responde al ritmo natural, circular del eterno retorno de lo mismo que no es lo mismo, propio de las sociedades agrícolas, de la tradición oriental en la que el ser humano nace y renace constantemente como ave Fénix de sus propias cenizas. La imaginación del tiempo lineal procede la cultura judeocristiana, y se fundamenta en pasado, presente y futuro. Pero el tiempo de verdad no es ni lo uno ni lo otro: no tenemos ni idea de lo que es el tiempo.

Cultura. La cultura, igual que el ministerio que lleva o llevaba su nombre, ya ni lo sé ni me importa, que yo no vivo de sus subvenciones, es un invento del gobierno, como escribió Rafael Sánchez Ferlosio, para crear un ministerio y un ministro, esencialmente incultos, que lleve su nombre.

Capitalismo: El modo de producción capitalista no se define por su capacidad de producir riqueza sino, más bien, por su afán de destruirla. Si se considera que la mayoría de las mercancías que se producen hoy en el mundo dentro de seis meses estarán en el contenedor de la basura se comprende enseguida que el capitalismo no fabrica mesas, coches, ordenadores, lavadoras etcétera sino “residuos”, y que el consumidor que se empeña durante seis meses en usarlos como si fueran mesas, coches, ordenadores y lavadoras acaba él mismo siendo consumido por el deseo de sustituirlas lo antes posible por otras. En consumidor consumido, convertido él mismo en un residuo marginal de un sistema económico de producción que no produce, valga la redundancia, mesas, coches, ordenadores, lavadoras etcétera sino ideas, que son su verdadero producto, es decir, basura, o, dicho de otra manera, mierda escatológicamente pura. 

No todos somos demócratas. El presidente del gobierno ha dicho que no sé qué desafío afectaba a la democracia misma, Y ha añadido: por tanto, nos concierne a todos. Ahí está la mentira. La mayoría -eso es la democracia- no somos todos. Lo que concierne a la democracia puede referirse a la mayoría, pero no a todos. ¡Qué afán totalitario tienen hasta los más demócratas! Pero no todos somos demócratas. Algunos, hay que decirlo, aunque huelgue decirlo, somos ácratas. Ácratas y no demócratas. Nunca podemos ser todos porque continuamente estamos entrando y saliendo más. Nunca podremos ser buenos súbditos porque esos son los que se dejan contar, los que se están quietos, firmes, sumisos, reducidos al número de su documento nacional de identidad, prietas las filas de votantes y contribuyentes.

Lo que más le conviene a uno. Liberarse del peso de las conveniencias.

Éxito y fracaso. Son cosa de los negocios, no cosa nuestra. Nuestra vida no puede considerarse ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario.


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