lunes, 3 de marzo de 2014

Yo amo a mi mamá

Mi mamá me ama. Mi mamá me mima. Mi mamá me amamanta. Yo amo y mamo a mi mamá que me amamanta, me mima y me ama. Queda dicho aquí y ahora de una vez para siempre, y aprovechando que no es el día -todavía- infame de la Madre, creado por las grandes superficies comerciales a fin de mercantilizar la sacrosanta  y abnegada figura de la madre, Virgen María prostituida, madre de Dios y de todo dios.

Yo, como tantos homosexuales y heterosexuales,  amo a mi mamá y tengo un complejo de Edipo no resuelto que hace que ella sea todavía la única mujer que hay en mi vida, el eterno femenino,  porque madre no hay más que una, porque el padre es incierto pero la madre es certísima, y porque el cordón umbilical que me une materialmente a ella aún no se ha cortado y permanece intacto.

Cuando se rompa, si se rompe alguna vez, el dichoso cordón,  yo estaré llamado a ser un donjuán  empedernido -nada más lejos de la realidad que ser yo un Casanova mujeriego, por otra parte- que buscará en todas las mujeres una y no encontrará a esa sustituta ideal que es ninguna para ocupar la casilla vacía de mamá, convirtiéndome en el marido de todas las mujeres como dicen que decían de Julio César sus soldados en son de befa, o estaré abocado también, por el contrario, a convertirme como decían del divino Julio en la mujer  de todos los maridos, y ocupar yo ese puesto vacante, y ser la mujer ideal que no encuentro en la vida, encarnando en  mi paradójico cuerpo masculino contra toda evidencia fisiológica la feminidad absoluta, por lo que me sentiré transexual, como una mujer apresada en una cárcel  varonil que se ofrece a todos los amantes que me quieran a mí sodomizar.

Pero yo, que no me he desmadrado todavía, ajeno a ambos extremos o resoluciones del complejo freudiano, aún no resuelto en mí  a pesar de mi provecta edad,  deseo vivamente el incesto aquí y ahora, y como sé que está prohibido por los códigos morales y religiosos de esta sociedad que yo he interiorizado con la leche que mamé, me cago en ella, maldita sea, me rebelo contra todo y contra todos, y sólo anhelo penetrar de nuevo en el claustro materno, sumergirme en el líquido amniótico primigenio,  dejar de ser el que soy y lo que soy,  y naufragar en el útero definitivo de la muerte.

Madre mía, te quiero como sólo puede quererse a una madre,  porque madre igual que muerte, sólo hay una, la propia de uno, la mía y sólo mía:  madre mía, vida mía, muerte mía.

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