sábado, 29 de marzo de 2014

Odio contra el sistema

El odio a lo establecido que destilan estos escritos es un odio libre, es decir, un odio liberador que en el fondo no hace más que dar rienda suelta a un amor apasionado por la vida que subyace por debajo de nuestra existencia, vida  que el tinglado  establecido hace imposible. 

La vida, esa gran desconocida,  ese misterio inescrutable, terra incognita, paraíso del que hemos sido expulsados en la noche de los tiempos viéndonos obligados a buscar refugio en el centro comercial más inhóspito del sistema, donde todo se compra y se vende, incluidos nosotros mismos, las personas, que acabamos así cosificados, condenados a sobrevivir malamente, por un puñado de dólares o de euros, da igual.

Odio  a la Iglesia, porque las iglesias, sinagogas y mezquitas son las prisiones de la espiritualidad, es decir, las cárceles donde se pudre Dios, o mejor, donde se pudren los dioses. 

Odio la fe, porque la fe, que por definición es ciega, es el único pilar sobre el que se levanta el entero sistema que nos sostiene y que sostenemos y que,  sin ella, se viene abajo, como estamos viendo que se tambalea ahora en estos tiempos de crisis en que los políticos nos piden confianza, fe ciega en la economía, que fluya el crédito, esa nueva religión laica, y en las entidades bancarias, esos templos modernos del capitalismo, porque es verdad que la fe mueve montañas... de dinero. 

Odio al bautismo porque todos los nombres son pseudónimos, todos los nombres propios son falsos.    

Odio libre, en definitiva, al sistema, pero un amor  infinito a las personas de carne y hueso que pululan, pululamos, subyacen, subyacemos por debajo de lo establecido, y lo hacemos libremente, es decir, con mente libre.

No hay comentarios:

Publicar un comentario