sábado, 29 de marzo de 2014

Tres propósitos

Sigo en las trincheras del anonimato más recalcitrante, en la ausencia del Nombre Propio con el que me bautizaron e incluyeron en la fosa común del Registro Civil. Me propongo seguir permaneciendo oculto detrás de la barricada de los nombres comunes en los que me escudo y de mi pseudónimo o nombre artístico, como se decía antes, en el que me parapeto: Cualquiera, o sea, Nadie.

Ni éxito ni fracaso, categorías ajenas a mi código amoral. De tener que elegir, me regodeo mejor en el fango del fracaso: pues sólo bajo el fracaso de mi personalidad e identidad personales puedo vivir sin ego alguno, y, por lo tanto, sin egoísmo, y ser por fin, yo mismo, o sea, cualquiera de vosotros, es decir, nadie. El triunfo y la victoria, sin embargo, son cosa de ellos, de los que tienen la sartén por el mango, no es cosa mía ni nuestra, y no sé de qué plural hablo, por lo que no tiene ningún sentido que nuestras empresas estén condenadas al éxito ni al fracaso.
Seamos iconoclastas: destruyamos los ídolos que producen en nosotros una admiración religiosa que supone sometimiento, que nos imponen cánones, modelos de conducta, pautas. Los ídolos son estrellas de la música, políticos, actores, top-models de alto standing, o santos revolucionarios. No cuelgues de tu pared la foto de ningún ídolo: no idolatres. Sé iconoclasta. Destruye todas las imágenes sagradas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario