Sigo
en las trincheras del anonimato más recalcitrante, en la ausencia del
Nombre Propio con el que me bautizaron e incluyeron en la fosa común del
Registro Civil. Me propongo seguir permaneciendo oculto detrás de la
barricada de los nombres comunes en los que me escudo y de mi pseudónimo
o nombre artístico, como se decía antes, en el que me parapeto: Cualquiera, o sea, Nadie.
Ni éxito ni fracaso, categorías ajenas a mi código amoral. De tener que elegir, me regodeo mejor en el fango del fracaso: pues sólo bajo el fracaso de mi personalidad e identidad personales puedo vivir sin ego alguno, y, por lo tanto, sin egoísmo, y ser por fin, yo mismo, o sea, cualquiera de vosotros, es decir, nadie. El triunfo y la victoria, sin embargo, son cosa de ellos, de los que tienen la sartén por el mango, no es cosa mía ni nuestra, y no sé de qué plural hablo, por lo que no tiene ningún sentido que nuestras empresas estén condenadas al éxito ni al fracaso.
Seamos
iconoclastas: destruyamos los ídolos que producen en nosotros una
admiración religiosa que supone sometimiento, que nos imponen cánones,
modelos de conducta, pautas. Los ídolos son estrellas de la música,
políticos, actores, top-models de alto standing, o santos
revolucionarios. No cuelgues de tu pared la foto de ningún ídolo: no
idolatres. Sé iconoclasta. Destruye todas las imágenes sagradas.
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