Fugaz muchacho, adolescente solitario
y arisco, acaso melancólico y rebelde,
sentado en el andén de la estación, te miro
y ni siquiera te percatas tú de mí,
que te devoro con los ojos y codicia,
absorto en la insolencia de tu juventud,
y fumas un pitillo que poco a poco -sabes-
te está matando, y no te importa: tienes tanto
todavía por delante que la muerte no
te acobarda, y además la vida ¿quién la vio?
De pronto te levantas, llega el tren, tu tren.
Te vas, y sigo yo sentado y esperando
el mío, un tren que no ha llegado todavía.
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