jueves, 19 de septiembre de 2013

Hacían el amor y no la guerra

Las autoridades militares israelíes, hace unos años, metieron al calabozo a un trío de reclutas de ese país por el delito de no cumplir con su deber de hacer la guerra preventiva, como Jehová o Yahvé, o sea Dios, manda a través de su vicario en la tierra, que es el primer ministro o jefe o como se diga del estado de Israel, elegido democráticamente, no faltaba más. 

Jehová, o sea Dios, en efecto, manda a través de las urnas, que son hoy la expresión de su voluntad divina en los fundamentalismos democráticos, que se declare y haga la guerra a los moros infieles para ayudarlos a salir de la Edad Media, como diría alguno de nuestros intelectuales orgánicos, para lo que ha mandado levantar el nuevo muro del “apartheid”: no basta una línea imaginaria como frontera trazada en un mapa. Ha vuelto a alzarse, en efecto, otro muro como el de Berlín, que sirve de “limes” entre el pueblo elegido de Dios y los gentiles, y es una vergüenza y un insulto para la humanidad, sea ésta lo que sea.

Un hecho este de los soldados enchironados que no suele ser noticia en los medios de formación de masas mayoritarios, no porque no sucedan estas cosas, que suceden a veces, sino porque no se consideran noticias de envergadura ni “serias”: en el ejército se aplica el código de justicia militar y no se dan más explicaciones: la disciplina es la disciplina, y la obediencia es sagrada y, como la fe, ciega. 

Un militar puede ser privado de su libertad –expresión equívoca: ¿cómo va a ser privado de algo que no tiene?- y metido al calabozo simplemente porque lo ordene un superior jerárquico. No es preciso que medie un aparatoso consejo de guerra. 

El caso es que nuestros tres soldaditos, milicos rasos o gregarios, miembros de la clase de tropa, se hallaban, al parecer, montando guardia. Suponemos que quizá uno o una en una garita –aburrido o aburrida, todavía no hemos hablado de su sexo, pendiente de su inevitable reloj de pulsera o del móvil o celular, deseando que pase el tiempo, que se acabe- y los otros dos o las otras dos patrullando en pareja. En el ejército de Israel hay tanto varones como mujeres.

La pareja de patrulla se acercaría al puesto de guardia. Y allí se les pediría el santo y seña, a lo que ellos responderían con la contraseña. Eran centinelas que tenían la misión de proteger uno de los arsenales más importantes de armas de destrucción masiva de Israel. 

No creo que nadie se lleve las manos a la cabeza al constatar, como hago aquí, que Israel posee “weapons of mass destruction” de considerable calibre. Ni hará falta tampoco que la ONU envíe inspectores para cerciorarse. Es algo suficientemente conocido y consabido.

La noticia nos interesa porque los tres jóvenes soldados, que protegían la unidad de armas nucleares, químicas y bacteriológicas, en lugar de dedicarse a hacer la guerra preventiva, como es su oficio y como manda Jehová o Yaveh, o sea Dios, prefirieron entregarse, después de reconocerse y establecer el juego de las miradas y las palabras, la juventud bulle en la sangre de sus venas, a un amoroso “ménage à trois”, olvidándose de su misión, de su sexo y de si eran uno, dos o tres en el deliquio y arrobo del consorcio amoroso y del orgasmo. 

El trío fue sorprendido en mitad del juego erótico, suponemos que por el oficial de guardia. El “coitus” –esa acción de ir juntos en el olvido de sí mismos y de las demás cosas de este mundo a donde no se sabe: el sexo es una válvula de escape, la única, ay, que nos dejan- fue “interruptus” y los jóvenes –ah, juventud, divino tesoro, que cantó Rubén-, encerrados en el calabozo por su negligencia en el desempeño de su sacrosanta misión de perros guardianes del sistema,  según uno de los medios de formación de masas diarios de ese país, el periódico Yediot Aharonot. La noticia se  filtró con fecha 26 de febrero de 2004. Sin embargo los hechos sucedieron unos meses antes, según parece.

Los reclutas, al parecer, además de jóvenes no debían de ser muy ortodoxos, que digamos, dado que los judíos ortodoxos están exentos de realizar el servicio militar obligatorio ¡por razones religiosas! Los heterodoxos, en cambio, como nuestros reclutas bisoños, deben, una vez alcanzada la mayoría de edad a los dieciocho años, servir al Rey de Israel, sea éste quien sea, durante tres años los varones y durante veintiún meses las féminas, para que no haya mucha discriminación sexual.No se ha hablado en ningún momento del sexo de los reclutas. ¿Qué importa en realidad? Sólo se ha dicho que eran tres. Si tenemos en cuenta que el ejército israelí es mixto, como se ha apuntado, hay cuatro combinaciones posibles.


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