Las autoridades militares israelíes, hace unos años, metieron
al calabozo a un trío de reclutas de ese país por el delito de no cumplir
con su deber de hacer la guerra preventiva, como Jehová o Yahvé, o sea
Dios, manda a través de su vicario en la
tierra, que es el primer ministro o jefe o como se diga del estado de
Israel, elegido democráticamente, no faltaba más.
Jehová,
o sea Dios, en efecto, manda a
través de las urnas, que son hoy la expresión de su voluntad divina en
los fundamentalismos democráticos, que se declare y haga la guerra a los
moros infieles para ayudarlos a salir de la Edad Media, como diría
alguno de nuestros intelectuales orgánicos, para lo que ha mandado
levantar el nuevo muro del “apartheid”: no basta una línea imaginaria
como frontera trazada en un mapa. Ha
vuelto a alzarse, en efecto, otro muro como el de Berlín, que sirve de
“limes” entre el pueblo elegido de Dios y los gentiles, y es una
vergüenza y un insulto para la humanidad, sea ésta lo que sea.
Un
hecho este de los soldados enchironados que no suele ser noticia en los
medios de formación de masas mayoritarios, no porque no sucedan estas
cosas, que suceden a veces, sino porque no se consideran noticias de
envergadura ni “serias”: en el ejército se aplica el código de justicia
militar y no se dan más explicaciones: la disciplina es la disciplina, y
la obediencia es sagrada y, como la fe, ciega.
Un militar puede ser privado de su libertad –expresión equívoca: ¿cómo va a ser privado de algo que no tiene?- y
metido al calabozo simplemente porque lo ordene un superior jerárquico.
No es preciso que medie un aparatoso consejo de guerra.
El
caso es que nuestros tres soldaditos, milicos rasos o gregarios, miembros de
la clase de tropa, se hallaban, al parecer, montando guardia. Suponemos
que quizá uno o una en una garita –aburrido o aburrida, todavía no hemos hablado de su sexo, pendiente de su inevitable reloj
de pulsera o del móvil o celular, deseando que pase el tiempo, que se
acabe- y los otros dos o las otras dos patrullando en pareja. En el ejército de Israel hay tanto varones como mujeres.
La
pareja de patrulla se acercaría al puesto de guardia. Y allí se les
pediría el santo y seña, a lo que ellos responderían con la contraseña.
Eran centinelas que tenían la misión de proteger uno de los arsenales
más importantes de armas de destrucción masiva de Israel.
No
creo que nadie se lleve las manos a la cabeza al constatar, como hago
aquí, que Israel posee “weapons of mass destruction” de considerable
calibre. Ni hará falta tampoco que la ONU envíe inspectores para
cerciorarse. Es algo suficientemente conocido y consabido.
La
noticia nos interesa porque los tres jóvenes soldados, que protegían la
unidad de armas nucleares, químicas y bacteriológicas, en lugar de
dedicarse a hacer la guerra preventiva, como es su oficio y como manda
Jehová o Yaveh, o sea Dios, prefirieron entregarse, después de
reconocerse y establecer el juego de las miradas y las palabras, la
juventud bulle en la sangre de sus venas, a un amoroso “ménage à
trois”, olvidándose de su misión, de su sexo y de si eran uno, dos o tres en el
deliquio y arrobo del consorcio amoroso y del orgasmo.
El
trío fue sorprendido en mitad del juego erótico, suponemos que por el
oficial de guardia. El “coitus” –esa acción de ir juntos en el olvido de
sí mismos y de las demás cosas de este mundo a donde no se sabe: el
sexo es una válvula de escape, la única, ay, que nos dejan- fue
“interruptus” y los jóvenes –ah, juventud, divino tesoro, que cantó
Rubén-, encerrados
en el calabozo por su negligencia en el desempeño de su sacrosanta
misión de perros guardianes del sistema, según uno de los medios de formación de masas
diarios de ese país, el periódico Yediot Aharonot. La
noticia se filtró con fecha 26 de febrero de 2004. Sin embargo los
hechos sucedieron unos meses antes, según parece.
Los
reclutas, al parecer, además de jóvenes no debían de ser muy ortodoxos,
que digamos, dado que los judíos ortodoxos están exentos de realizar el
servicio militar obligatorio ¡por razones religiosas! Los heterodoxos,
en cambio, como nuestros reclutas bisoños, deben, una vez alcanzada la mayoría de edad a los dieciocho años, servir
al Rey de Israel, sea éste quien sea, durante tres años los varones y
durante veintiún meses las féminas, para que no haya mucha
discriminación sexual.No se ha hablado en ningún momento del sexo de los reclutas. ¿Qué importa
en realidad? Sólo se ha dicho que eran tres. Si tenemos en cuenta que el ejército israelí es mixto, como se ha apuntado, hay
cuatro combinaciones posibles.
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