viernes, 20 de septiembre de 2013

El pueblo contra la democracia



La democracia parlamentaria, que es el nombre que recibe el sistema de dominio vigente que padecemos en la actualidad, no tiene nada, desde sus orígenes, de verdaderamente democrático en el sentido más genuino de la palabra. Cada día que pasa se descubre más, tras la máscara, su verdadero rostro. Y es que lo llaman democracia y no lo es.
 
Decidme qué sería de esta sociedad
sin la cocaína y los antidepresivos varios,
sin drogas ya legales o ilegalizadas;
se vendría abajo el orden que hay establecido:
la democracia occidental globalizada.

¿Qué diablos va a ser eso del gobierno del pueblo a través de sus legítimos representantes? Esa es la falacia: que a los gobernadores civiles, ministros, directores provinciales, presidentes del parlamento, diputados, senadores y demás animales del zoo político social se los considera representantes de la voluntad popular, ocultando su verdadero rostro de gobernadores y funcionarios del Estado, es decir, de H.G.P. o Hijos de la Gran Puta. 

La Gran Puta, por cierto, no es tanto su madre de carne y hueso como esta otra, no menos real pero simbólica madre, si no es un padre, que es el Estado prostituido como está al Becerro de Oro, que es el nombre veterotestamentario del Capital.

Si los hijos todos de puta se echan a volar,
no se vería en todo el año el sol brillar.

Si el pueblo es de veras soberano, no puede haber ningún dios ni ningún estado ni ningún jefe del estado por encima de él: ni dios ni estado, ni mucho menos esta mascarada del gobierno de los representantes de la voluntad popular que, en lugar de representar la voluntad del pueblo, la usurpan para ejercer su tiranía en el nombre del pueblo, es decir, por el sufragio universal, como antaño se hacía en el nombre de Dios, por la gracia de Dios como se leía en la vieja moneda de una peseta de Francisco Franco: Caudillo de España por la gracida de Dios. Y es que el pueblo (demo- en griego) ha venido a sustituir a Dios (teo- en la lengua de Homero), por lo que la democracia es en realidad una teocracia de nuevo cuño, enmascarada, disfrazada.

Si sirvieran las elecciones para transformar
la vida, el voto no estaría permitido,
ni el sufragio universal sería un derecho.
Si el voto es un derecho, dicen, y un deber
es porque no se cambia nada con el voto.

Algunos dicen que la democracia tal como la conocemos no es perfecta, pero es el mejor sistema de gobierno que se ha inventado. Efectivamente, el mejor que hay, por eso lo hay, por eso se está imponiendo en casi todo el mundo mundial. Pero eso no quiere decir que sea bueno, quiere decir que es lo que hay. Dicen que de los males es el mal menor, pero es un mal, no lo olvidemos. Y lo de menor es muy relativo: menor porque no se ve lo malo que es, no porque sea menos malo que, pongamos por caso y mencionemos a la bicha, la dictadura. 

Los que mandan son los más mandados. Todos esos ministros y ministras, jefes de estado, alcaldesos y alcaldesas y demás ejemplares del zoo político social no pintan nada, no mandan nada; ni siquiera se puede decir que hagan lo que les da la gana y que nos impongan su despótica voluntad como los pocos tiranos déspotas que en el mundo quedan. Ellos sólo pueden hacer lo que está mandado, lo que Dios manda, lo que el Becerro de Oro al que sirven sumisamente sin darse cuenta les ordena: son economistas, no políticos en el verdadero sentido de la palabra: lo único que hacen es facilitar los intercambios económicos, los flujos y reflujos de capital. No pueden hacer otra cosa.

Desgraciadamente, además, hoy no parecer existir en ningún lugar del mundo algo que se parezca mínimamente a una oposición política que no sea una mera alternativa de poder, un recambio en el gobierno.

Los sindicatos obreros en lugar de liberar a la clase trabajadora de las cadenas del trabajo asalariado, aseguran más su sujeción, colaborando con la patronal y el Estado, que es el paraguas o condón del Capital, el dios omnipotente, real y falso, al mismo tiempo, el más poderoso e impotente paradójicamente de todos los caballeros, don Dinero.



Las reivindicaciones puramente materiales o económicas de derechos laborales, las luchas por las mejoras en las condiciones del medio proletario, como la conquista del fin de semana o el mes de vacaciones como tiempo libre, estaban ya dentro de una estrategia de adaptación a la sociedad de consumo. El tiempo libre conquistado por los obreros era pronto asimilado al consumo turístico y la industria de ocio. 

Lo que podía parecer una liberación temporal del trabajo asalariado se ha visto después que ha servido para justificar la propia existencia y dureza de la explotación capitalista y la sujeción de los curritos al duro yugo: uno se libera el fin de semana para volver el lunes al trabajo como nuevo y soportar la semana laboral, o el mes de agosto para volver el uno de septiembre con las baterías cargadas para soportar lo que de otra forma no se podría tolerar.

Las reivindicaciones salariales de los trabajadores con el fin de mejorar sus convenios colectivos, condiciones laborales y aumentos de sueldo han servido para consolidar el sistema de explotación capitalista, lo mismo que la lucha por mejorar las condiciones de la esclavitud -fue la postura de la iglesia católica- no abolió la esclavitud, sino que la consolidó "humanizándola". Así pues, las luchas obreras, según la retórica izquierdista, no han servido, por lo tanto, para la emancipación de la clase obrera, sino para su embrutecimiento y su alienación.

La vanguardia intelectual del sedicente movimiento de resistencia global reivindicaba, por ejemplo, la renta básica, el software libre y la libertad de movimientos transfronterizos, cosas que supuestamente iban a liberar a las multitudes, como si de consignas revolucionarias se trataran, cuando en realidad todo ello sirve para fortalecer el propio sistema al que dicen oponerse a fin de que funcione mejor. El llamado antagonismo hace que mejore, paradójicamente, el protagonismo del Estado y el Capital. 





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